¡PUEBLO, SALVEN USTEDES LA PATRIA!

El 2022 se acerca y las voraces campañas políticas de todos los bandos empiezan a mostrar sus cartas para la contienda electoral, la cual promete avivar las tensiones que el país ha cargado durante los últimos años.

Parece que los aspirantes a ocupar la Casa de Nariño no han aprendido nada de los errores que se cometieron hace cuatro años y los que ha cometido el presidente Duque durante su administración. Cada uno de ellos quiere llegar al puesto más importante de la Nación repitiendo la misma falacia: que ellos llegarán a salvar el país.

¿Salvar de qué? Para algunos, de la “inminente llegada del socialismo”; para otros, “de las oligarquías que hunden a este país en la miseria”. Sin embargo, cada vez que llega un nuevo “salvador” al poder, éste termina convirtiéndose en un motivo para que otros cuantos quieran llegar con el mismo propósito cuatro años después.

Estos acechadores de votos juran ser la reencarnación del coronel Rondón y esperan que nosotros seamos como Simón Bolívar, poniendo la salvación de la patria en sus manos, como si de ellos dependiera nuestra vida, nuestro futuro, nuestros sueños. Como si 50 millones de almas tuviésemos que venerar a aquel al que se le imponga la bandera tricolor cruzada sobre su pecho en una ceremonia tan solemne como hipócrita en la que aplauden sólo sus aliados políticos, lamiéndose la boca de lado a lado saboreando la mermelada venidera.

Pero es que la salvación de todo un país no puede venir envuelta en un tamal, ni va ligada a un billete con la cara impresa de Gabriel García Márquez. La salvación de este país no se va a lograr a través de palabras superfluas que endulzan oídos, ni por medio de bailes ridículos en plena plaza pública repitiendo hasta el cansancio el nombre de un candidato.

Los colombianos tenemos que empezar a pensar de verdad, porque este país se salva es por medio de ideas, proyectos e incluso opiniones, que aunque sean divididas, construyen una conciencia social que permite el diálogo y las verdaderas concertaciones para hacer avanzar a toda una sociedad.

Los debates no deben darse sólo en los mismos canales de televisión, radio, prensa, ni sólo dirigido a unos pocos. Las confrontaciones ideológicas no pueden llenarse de señalamientos personales ni deberían convertirse en un concurso que intente buscar al que sonría mejor y hable con más elocuencia, como parece estar pasando. En cambio, el intercambio de ideas debería darse en toda plaza pública, todo colegio, toda universidad y todo espacio que se preste para compartir las diversas visiones de Estado que las personas proponen.

Porque sí, la política es de personas, no de figuras políticas, aunque suene contradictorio. Las personas son las que le dan vida a la política y deberían ser quienes tomen las decisiones que este país necesita, si es que queremos ser una verdadera democracia.

No podemos esperar que un personaje con ínfulas de salvador venga a arreglarnos la vida, esperando que el Estado paternalista nos dé todo lo que necesitamos y asumiendo que los únicos con voz y voto son aquellos que ostentan el poder.

La salvación de este país no puede ser una cara, un nombre, un cargo. La salvación de este país recae en 50 millones de conciencias con ganas de trabajar y salir adelante en un panorama tan oscuro del que sólo se sale con esfuerzos mancomunados.

Un país no debe buscar un mesías, ni volver caudillo a cualquier político que jure buscar lo mejor para todos, ahogando sus deseos autócratas en los discursos de campaña, sólo para llegar a gobernar como los vecinos que tanto critica. Un país se salva sólo si se quiere salvar y, para ello, todos tenemos que trabajar porque si no entendemos de qué queremos salvarnos, ¿para qué nos vamos a salvar?

Borat 2: La secuela que necesitábamos, pero no la que esperábamos

La segunda aventura yanqui de Borat Sagdiyev, titulada como Borat, siguiente película documental: Entrega de un soborno prodigioso al régimen estadounidense para beneficiar a la alguna vez gloriosa nación de Kasajistán, fue lanzada con muchas expectativas entre quienes ya conocían al emblemático personaje y aquellos que hasta ahora lo conocen, pero no terminó de convencer.

Sacha Baron Cohen es un genio de la comedia negra y no ha perdido esa particular forma de hacer humor que lo llevó al estrellato hace más de catorce años. Sin embargo, el enfoque que ha decidido tomar en esta nueva entrega hace parecer a la película más como un panfleto antirepublicano en algunos momentos, ad portas de las elecciones en Estados Unidos, que una genuina muestra de la idiosincrasia norteamericana, como sí ocurría en la primera.

Amazon Prime Video, plataforma donde fue publicado el largometraje, ha hecho gran eco de la producción, haciéndola tendencia el día de su estreno y anunciándola en plataformas como Youtube. Incluso, hay algunos anuncios publicitarios de la cinta en estaciones de Transmilenio y en algunos otros sitios de Bogotá, lo que le ha valido también estar en el centro de las críticas por parte de simpatizantes del Partido Republicano en un momento donde los ánimos políticos están tan caldeados por la contienda electoral.

Borat 2 deja a un lado la historia de su predecesora para meter al “cuarto mejor periodista kasajo” en una situación más dramática, menos creíble y, por lo tanto, menos graciosa. Algunos chistes de esta secuela llegan a ser tan exagerados que la película pierde la esencia que tenía la primera, que era poner en situaciones genuinamente incómodas a sus interlocutores. Aunque sí se mantiene esa línea en varias escenas, en su mayoría este falso documental se llena de tanta ficción que podría llegar a confundirse con una película de Adam Sandler si se mira desprevenidamente.

Eso sí, es necesario destacar varios aspectos rescatables de la película. Primero, Baron Cohen esta vez apuntó a peces más gordos y salió tal como lo esperaba. Las participaciones de Mike Pence y Rudy Giuliani (por supuesto, sin que ellos lo supieran durante la grabación) son lo más destacable y hasta emocionante de la cinta, siendo estos los momentos más auténticos de la obra y los que más polémica atraen. Segundo, la historia se centra más en la hija de Borat y su transformación de prácticamente una esclava a una activista de los derechos de las mujeres, reivindicando el papel de ellas en la sociedad.

La actuación de la búlgara Maria Bakalova como la hija de Borat está a la altura del propio comediante, demostrando una gran capacidad de improvisación y una buena química con su coprotagonista. Es de gran mérito tener la capacidad de interpretar a un personaje tan políticamente incorrecto en tiempos como los actuales, y además es de anotar que Bakalova fue escogida por el propio Baron Cohen entre más de quinientos aspirantes al papel.

Por otro lado, los personajes secundarios tienen una mezcla de autenticidad y ficción que no terminan de encajar en el formato documental. A pesar de que el filme no busque hacer creer a la audiencia que todo lo que se ve en pantalla es real, la aparición de personajes como una niñera afro y un anciano que envía faxes se siente forzada y con el único fin de intentar darle forma a la historia.

La necesidad de tener una nueva entrega de este cómico personaje se da porque el contexto sociopolítico estadounidense del 2006 es diferente al del 2020. En estos tiempos, las teorías de conspiración, las noticias falsas, el feminismo y los grupos radicales han tomado importancia y, por tanto, las actitudes de las personas han cambiado frente a los temas de interés público. Además, probablemente la emergencia sanitaria causada por el Covid-19 le cayó como una bendición a la producción, ya que esta problemática mundial se ha prestado como excusa para reforzar las temáticas ya mencionadas.

Aunque la tendencia de las críticas que muestra esta obra esté sesgada políticamente, las problemáticas que se muestran son reales y la mordacidad del mensaje está más que justificada. Tocar temas tan sensibles como el abuso infantil y la violencia sexual hace que el espectador no sólo pase un rato de risas culposas, sino que sienta un nudo en la garganta que le hace pensar en la gravedad del asunto.

Borat, siguiente película documental es una película que la pueden disfrutar todos aquellos que no sientan culpa al burlarse de temas controversiales, o que al menos no sean sensibles al humor negro. Sin embargo, aquellos que hayan visto la precuela sentirán tal vez una sensación de insatisfacción con esta nueva entrega al perder parte de esa espontaneidad con que este irreverente periodista machista, homófobo, antisemita y poco educado los había conquistado hace catorce años.

Calificación: 3,5 / 5

Ficha técnica

Título: Borat Subsequent Moviefilm: Delivery of Prodigious Bribe to American Regime for Make Benefit Once Glorious Nation of Kazakhstan

Fecha de publicación: 22 de octubre de 2020

Director: Jason Woliner

Producción: Sacha Baron Cohen y Anthony Hines

País: Estados Unidos

Género: Falso documental, documental paródico

Duración: 96 minutos

El Estado irracional

El fallo de la Corte Suprema de Justicia que obligó al Gobierno a pedir disculpas por los abusos policiales hizo entender que los problemas de organización de la Fuerza Pública son una cascada estructural de irregularidades y no ‘manzanas podridas’.

Como si no fuera suficiente la polémica causada durante las protestas, el periódico El Tiempo reveló las amenazas que recibió el oficial encargado de la investigación en contra de los agentes involucrados en la muerte de Javier Ordóñez y que, al parecer, provienen de sus propios colegas, pues la foto que acompañaba los mensajes amenazantes fue sacada directamente de la base de datos de la Policía.

La propia Procuraduría ha pedido al Gobierno una reestructuración de la entidad y ha llamado a acatar las órdenes de la Corte. Sin embargo, no se ve una real disposición de las autoridades por querer mejorar esta situación. Por el contrario, han hecho lo posible para dilatar el cumplimiento del fallo, rozando con el desacato, lo que podría traerle problemas judiciales al Ministro de Defensa. Parece no importar el bien de la población sino demostrar quién tiene más poder; un jueguito que termina por desestabilizar una democracia que, de por sí, “anda en los rines”.

Al final, los colombianos terminan sufriendo las consecuencias: 13 muertos y más de 400 heridos, entre civiles y miembros de la Fuerza Pública, fue el saldo de las manifestaciones del 9 y 10 de septiembre. Las víctimas no estaban relacionadas con los pulsos políticos ni hacían parte de las esferas del poder, sino que terminaron convirtiéndose en la carne de cañón de un Estado incapaz de regular su propia fuerza y mantener satisfecha a su propia gente.

Esto tampoco se trata de doblegarse ante aquellos que quieren desestabilizar a la Nación para llegar al poder. Siempre será necesario un control de las movilizaciones para evitar actos vandálicos en contra de los uniformados, pero no es posible justificar la disuasión de un grupo de manifestantes con armas letales sólo por gritar arengas en contra de quienes ejercen el poder, ni mucho menos permitirse que criminales con uniforme decidan sobre la vida de un pueblo históricamente oprimido por las injusticias y la corrupción.

En últimas, va en contra de toda lógica que la Policía y el Ejército se pasen por la faja la Constitución, los derechos humanos y los acuerdos internacionales, cuando son quienes deberían hacer cumplir al pie de la letra estas normas. Se falta aún más a la lógica cuando se intenta suprimir la protesta pacífica en un país que dice ser democrático y que sostiene la libertad de expresión como uno de sus derechos fundamentales. Es completamente irracional que, además, hayan personas que justifiquen actos de violencia como el asesinato de aquellos que se atreven a cuestionar lo que está mal, como fue el caso del profesor Campo Elías Galindo. Si se dice que el humano es un animal racional, parece que el colombiano se quedó sin lo racional.

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