Estrella madre

Ausencia y vacío parecen ser la condición común y permanente en la vida de los seres que transitan por “Estrella madre”, la última novela de Giuseppe Caputo. Sus tres personajes principales viven solos y en la pobreza más absoluta. Son seres marginados que deben estar permanentemente luchando para sobrevivir, donde sus mundos son los del abandono y la búsqueda. La imagen de la madre juega un rol fundamental en las historias que se entrecruzan a lo largo de la novela. Primero, un narrador joven, nos relata la sostenida angustia que le ocasiona la incertidumbre del regreso de su madre al pequeño y desmantelado departamento donde vive. “Mi casa está en el corazón de un edificio descascarado, más roto que la propia ciudad: más viejo, parece, que el hambre de mi madre -ella siempre está con hambre-”(26).   Ella se ha marchado para encontrar una vida mejor, tomando la decisión de dejar a su hijo que ya está grande. Sin embargo, este no puede olvidarla, pues a lo largo de todo el relato su vida se mueve, como un planeta en torno al sol, con la esperanza que ella lo llame o regrese. El deambular y la expectativa de su retorno, mantienen al hijo atento a una posible llamada por teléfono para escuchar su voz y saber donde está, puesto que sus sentimientos se balancean entre el amor(recuerdo de la madre) y la tristeza(la ausencia de ella). Es tan poderoso el sentimiento de esta ausencia, que él mismo siente que no está presente  en su propia vida, pues esta espera no lo deja seguir adelante y lo mantiene clavado a un pasado que cada vez se diluye más. 

Los otros dos personajes que están a lo largo de la narración también viven solos: Luz Bella y Madrecita. La primera ocupa el departamento de al lado y pasa el día frente al televisor, sentada en su poltrona viendo la telenovela o sencillamente observando el televisor apagado, “la pantalla es su espejo y en ella se mira para ponerse los rulos. Solamente la he visto pararse para comer o tomar agua”(24), su vida, es decir lo que realmente la motiva son las telenovelas, con las cuales se apasiona, disfruta y llora. Ella asimila esas vidas como propias, escapando así de su triste realidad, pues ellos mismo no son nada, no ocupan un lugar en la jerarquía social, como dice Zizek. Son una población cuya única batalla es conseguir algo para comer. 

Por otro lado, Madrecita es una mujer que alucina que tiene hijos y que además está embarazada de un tercero o cuarto, depende de los hijos que se le consideren. “Ida hace de su hijo a prácticamente todo lo que ve y toca: por eso le decimos Madrecita. Aparte del bebé  que hace años está por nacer, cuida a otro de edad indefinida-lo llama Albertico….de igual forma es madre de unas ollas, Dolores y Caridad”(34) Su vida es una especie de permanente locura, que a pesar de esto, le permite mantener una relación de equilibrio con sus particulares vecinos, formando un trio de amistad que se acompañan y ayudan solidariamente, pues en las vidas de los tres falta algo o alguien, una carencia que no les permite alcanzar la felicidad plena. 

En su última novela, “Estrella Madre” (Literatura Randomhouse, 2020) el talentoso escritor colombiano, Giuseppe Caputo, elabora un trabajo acerca de los desplazados, aquellos que no son vistos por la sociedad, cuyas vidas se deben mover permanentemente entre la violencia, el sufrimiento y el dolor. Una historia que nos acerca a las oscuridades y miserias de un sistema económico y global, que intenta mantener ocultos a los pobres y a aquellos que no encajan en el sistema de competencia y consumo que se ha instaurado.  Una lectura obligatoria para aquellas mentes que desean explorar lenguajes y formas narrativas diferentes, donde la literatura es el espejo roto de un mundo que se desmorona frente a nuestros ojos y que nos negamos a ver.

Eric Sadin y la batalla contra la inteligencia artificial

Sadin, Eric. La inteligencia artificial o el desafío del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical. Caja negra editores, 2020. Impreso.

No es posible hablar de inteligencia artificial, sin antes mencionar que el capitalismo se ha
consolidado a nivel global y se esconde detrás de un espejismo: el de la libertad. Durante
los últimos treinta o cuarenta años, a través de un falso discurso, ha generado una red
mundial que propende al sometimiento de los individuos, sistema que por lo demás es muy
difícil de soslayar. La construcción de este entramado político-económico cuenta con las
herramientas para destronar cualquier otra verdad, y opacar las alternativas que se
presentan frente al sistema económico que se ha propuesto expandir, un sistema que
enarbola permanentemente la libertad de las personas como fundamento de su crecimiento
y desarrollo.


Han sido capaces de globalizar un discurso que equipara crecimiento económico con
desarrollo y bienestar social, levantando las banderas de una falsa libertad, mientras engrilla
los pies de los sujetos, a través de la propagación de un estilo de vida basado en la
competencia salvaje y el eterno endeudamiento de las personas. ¿no esto lo que detonó el
“estallido social” de Chile en Octubre de 2019?¿Acaso no es la falta de libertad para
escoger otro camino, lo que nos tuvo por treinta años siguiendo el derrotero implementado
por los hijos de Pinochet y sus políticas ultra neoliberales? Y si la libertad es la bandera de
lucha de la derecha capitalista, ¿por qué existe tanto miedo y resistencia a competir en las
urnas por una nueva constitución? Y el permanente discurso de los innumerables beneficios
de la tecnologización de nuestras vidas ¿no es otra de las falacias que utiliza el capitalismo
para conculcar nuestras libertades? Todas estas preguntas saltan frente a la lectura del
último trabajo de Eric Sadin.


Ya en sus primeros dos libros “La humanidad aumentada: la administración digital del
mundo”(Caja negra editores, 2018) y “La siliconización del mundo. La irresistible
expansión del liberalismo digital”(Caja negra editores, 2018), Sadin nos advertía de las
complejidades que acarrea para la vida humana la expansión sin control de la digitalización
y la inteligencia artificial, pues es una forma de controlar otros ámbitos de la vida que
estaban quedando fuera de los ya sometidos por el capitalismo. En este sentido, no parece
arriesgado plantear, que a lo menos las dos últimas generaciones de seres humanos han
nacido y crecido bajo un proceso de sujeción capitalista y tecnológica que impide, o que
por lo menos les hace muy difícil encontrar modos de vida distintos de los que ha
escuchado y visto desde que llegaron a este mundo, entendiendo que una racionalidad
digital es mucho mejor que una humana, ya sea por su certeza y efectividad o por las
facilidades que prestaría en la vida cotidiana. Y se pregunta Sadin “¿cómo llegamos a esa
forma de narcosis y renuncia colectivos, que contribuyen a dejar el campo libre a quienes
obran encarnizadamente para instaurar una conducción automatizada de los asuntos
humanos?” (37). Una posible respuesta estaría asociada a conceptos capitalistas: eficiencia
y eficacia, exactitud de cálculo, economía, y por supuesto, intensificar lógicas productivas.

Todos estos conceptos guiaron el desarrollo del modelo chileno, que durante los últimos
treinta años se encargó de gestionar el país como una empresa, pero no de desarrollarlo en
índices relevantes a nivel social. Basta mencionar que el crecimiento con igualdad jamás se
ha logrado, y por el contrario, se ha destruido de forma persistente la educación y la salud
pública, además de convertir el sistema de pensiones en una forma de financiamiento barata
para las grandes compañías del país. Bajo el lema del “modelo no se toca”, pues generaría
una serie de inestabilidades macroeconómicas, se mantuvo durante décadas una creciente
distribución del ingreso muy injusta, la que finalmente terminó por estallar el 18 de octubre
del año 2019, pues ya no se aguantaba más la colusión del conglomerado político, con las
grandes compañías que pujaban por seguir manteniendo el modelo, basado en una
permanente explotación de amplias capas sociales, a las que mantenían en la miseria o en
permanente endeudamiento. Nunca hubo libertad para escoger otra forma de desarrollo que
no fuera la establecida por el capitalismo chileno.


En este sentido, nuestra forma de ser en el mundo contemporáneo, y la manera de
desenvolverse de los individuos, estaría total y completamente condicionada por este
sistema, donde la libertad para escoger no existe, “parodias de libertad” lo llama el escritor
argentino Alan Pauls, pues el capitalismo se ha enfocado en “Instaurar modos de existencia
cada vez más sometidos a esquemas racionales que favorecerían el apogeo de estructuras
asimétricas de poder”(39), donde la vida humana estaría completamente gobernada por un
sistema tecnológico de alcance totalizador, cuyo enfoque sería orientar las acciones
humanas, tal cual ha sido el discurso de este modelo económico, que durante décadas nos
ha encaminado hacia una sociedad que no nos entrega posibilidades de elegir, donde la
libertad se da entre alternativas que ellos mismos han propuesto. En el caso chileno, la
derecha hasta el día de hoy mantiene una campaña del miedo frente a la posibilidad de
cambiar nuestra constitución de manera libre y soberana, pues la amenaza permanente es
que nos convertiríamos en la nueva Venezuela, lo que traería aparejado el total desplome de
nuestra sociedad. Es decir, el constante uso de la violencia discursiva, que tan
profundamente ha marcado a los hombres y mujeres de nuestro país. ¿No será que los
privilegiados de siempre son los que corren riesgos de perder sus posiciones de poder?
Es inevitable, luego de la lectura del último trabajo de Sadin, no pensar que desde su
nacimiento los seres humanos “aparecen como un cuerpo instrumental” (Butler), cuya
función sería aportar para perpetuar el orden establecido, ya que todo está constituido para
la subordinación inconsciente al actual sistema económico, político y tecnológico. La
campaña política del rechazo fue un discurso que apunta a mantener este orden, pues ven en
los posibles cambios que se generen, una amenaza al injusto mundo que ellos han
construido, donde la pobreza material, pero sobre todo la cultural, ha sido su mejor aliada.
Se nos inculcó que debíamos ser emprendedores e instalarnos en el mercado para ser
exitosos, y así conseguir lo que quisiéramos. Sin embargo, el camino del emprendedorismo
no es el camino hacia libertad, sino hacia la esclavitud sistémica y financiera.


Dicho lo anterior, y en el supuesto de las múltiples alternativas para desarrollar una vida en
libertad, nos encontramos con que todos los caminos están contaminados con la lógica
tecnocapitalista. Este tipo de sometimiento, por lo tanto, configura a los sujetos para que
persistan en estas formas de desarrollo alimentando el mismo sistema, cuyas normas están
dadas desde antes que hayan nacido. “Toma forma un estatuto antropológico y ontológico
inédito que ve como la figura humana se somete a las ecuaciones de sus propios artefactos
con el objetivo prioritario de responder a intereses privados y de instaurar una organización de la sociedad en función de criterios principalmente utilitaristas”(21), nos advierte Sadin,
poniendo el énfasis en el cambio de estatuto al cual se estaría enfrentando la humanidad.
El contundente trabajo del pensador francés, nos invita a cuestionarnos por el tipo de vida
que estamos viviendo. Fomenta la reflexión y la capacidad de oponerse como sociedad a
este fenómeno de la inteligencia artificial, que supuestamente trae aparejados innumerables
beneficios. Sin embargo, la advertencia es clara, detrás de esta nueva forma de capitalismo,
el de las plataformas y el de la tecnología, se esconde un poder absoluto, aquel que busca
dominar todos los ámbitos de la vida humana. Es por esto que la reflexión de Sadin, es
absolutamente contemporánea al proceso constituyente que estamos viviendo, pues nuestra
sociedad está a punto de iniciar un giro hacia otro tipo de mundo, uno más solidario y
menos competitivo, donde las normas del mercado guíen solamente los negocios y no la
vida entera, donde la tecnología sea una herramienta y no un sistema de vida. Conciencia y
responsabilidad para tomar decisiones, y no entregar el poder constituyente a una clase
política manejada por los intereses capitalistas. La consigna de Sadin es deshacerse de los
esquemas que hasta ahora nos han regido, advirtiéndonos de pasada, que la bandera de la
libertad, enarbolada por la derecha empresarial, no es más que una falsedad para mantener
las cosas tal cual están.

El estanque del futuro está vacío

“Vikinga Bonsai”

Ana Ojeda(Buenos aires, 1979)

Editorial Eterna Cadencia, 2019, 139 páginas.

Decodificar el lenguaje parece ser la consigna que nos lanza Ana Ojeda para entrar a su último trabajo “Vikinga Bonsai”, una novela cargada de humor, pero no ajena a los trágicos acontecimientos que en ella se relatan. Un grupo de amigas se ve obligada a cambiar drásticamente su vida por unos días. Una de ellas, Vikinga Bonsái, muere repentinamente en su departamento mientras están todas juntas compartiendo. El esposo de la recién fallecida, Maridito, se encuentra en un viaje fuera del país, en medio de la selva paraguaya, inubicable por una semana. Esta inesperada muerte, en medio de una junta de amigas, genera una serie de transformaciones que afectan cada una de las vidas de sus protagonistas, cuyos nombres se enmarcan perfectamente dentro de este ficticio juego del lenguaje: Talmente Supernova, Dragona Fulgor, Orlanda Furia y por supuesto, Vikinga Bonsái o Bombay, cuyo hijo tiene el singular nombre de Pequeña Montaña.

El lenguaje es una caja de herramientas que permite su reutilización literaria para generar renovadas imágenes, que en este caso refrescan permanentemente el relato. “Dejar en el cole a la Pequeña Montaña por la mañana y buscarlo por lo de tu madre a la tarde, sumar llevadas y traídas a inglés, parkour, origami, maestra particular. Al súper todos los días: siempre falta sine qua non…tenés que bajar a relojear, menos confía en dios y más yace”. Vikinga Bonsái o Bombay, deberá hacerse cargo de su hijo por unos días mientras su esposo, Maridito, se encuentra de viaje. La narración trasluce su vida como una forma rutinaria y repetitiva, que se emparenta con la de cientos de miles de mujeres que deben hacer lo mismo, asumiendo una maternidad intensa y absorbente que no le deja hacer otras cosas. “La culpa es de Maridito, aunque ella se la endilgue a Pequeña Montaña, para no caer en la cuenta de que ser madre soltera es por ahí más sencillo. Menos negociación, menos necesidad de coordinación, más energía para llegar al fin de la noche.”  Sutilmente deja entrever las dificultades que genera ponerse de acuerdo con Maridito, quien, aparentemente cumple la función que de forma tradicional le ha asignado el patriarcado a los hombres, alejados del cuidado de los hijos y actuando fundamentalmente como proveedores al interior de la familia.

En tiempos que la critica a las instituciones establecidas, como la familia por ejemplo, la novela de Ana Ojeda es un aporte a la construcción de nuevas miradas, que establecen la posibilidad de una disidencia,  permitiendo revelar los parámetros que tan injustamente han guiado por siglos nuestra sociedad. El trabajo narrativo es una apuesta por destrabar ciertas normalizaciones de género y modos de vivir. La propuesta del uso del lenguaje inclusivo y la utilización de imágenes es un riesgo que logra superar de manera exitosa. “Malabar de tropos y metáforas para dar exacta medida de lo que codifican como estafa”(121), nos indica la narradora, cuando nos acercamos al final de la historia, queriendo entregarnos una pista o una clave de lectura, pero que no se limite únicamente al relato que tenemos en las manos, sino que se haga expansivo al entorno en el cual nos desenvolvemos, y de esta forma descubrir el manto del lenguaje patriarcal que nos enceguece y nos guía hacia un futuro vacío.   

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