Los relatos de la guerra

Hace un par de meses inicié una maestría en Escrituras Creativas. Su fin básicamente es aprender la técnica y parte de la historia de la literatura para poder producir textos, no espléndidos, pero al menos decentes. Mi título profesional de Ingeniero me producía cierto temor al empezar, ya que esperaba encontrarme con literatos, filósofos, comunicadores y personas familiarizadas con el mundo de las letras. Desde las primeras clases me di cuenta que me había equivocado: en la maestría confluyen una gran cantidad de profesiones. Psicólogos, abogados, politólogos y hasta agentes bancarios. Al iniciar el semestre tuvimos las presentaciones usuales, respondiendo preguntas sobre quiénes éramos y el porqué estábamos allí. En varias intervenciones escuché a compañeros decir que querían narrar historias del conflicto armado, principalmente la historia de las víctimas. Al escuchar aquello pensaba: “¿Otra historia del conflicto?, ¿otra narración más sobre ese tema?”. Algo similar a aquella idea sobre las novelas y películas de narcos, aunque las historias de la guerrilla o el paramilitarismo no han sido explotadas a tal punto, sino que en su mayoría son documentales. No había tenido la oportunidad de reflexionar sobre el tema, descubrí entonces que tenía un sesgo al pensar que las historias del conflicto armado en el país eran muchas, o que era un tema repetitivo que no ha parado nunca, incluso después del proceso de paz. Otra cosa pasaría luego.

Tiempo después leí El Atajo de Mery Yolanda Sánchez (Himpar Editores 2014). Un relato en prosa combinado con poesía, en el que Mery Yolanda narra su travesía a través de zonas rojas de Colombia, desempeñando un trabajo del Ministerio de Cultura realizando talleres de promoción de lectura en las bibliotecas públicas de aquellas zonas (que no son muchas pero existen). Sin opinar sobre las situaciones, el viaje a través de la Colombia profunda, con un dolor de oído, con una misión, entre metralletas y viajes por caudalosos ríos, la historia nos llega a la médula, nos muestra ese día a día fuera de las capitales, esa verdad innegable que es el país, que nos hace pensar que siempre será así porque siempre ha sido así. Esta fue la primera historia que me llegó del conflicto que me mostraba una lectura y una manera de contarlo diferente. 

El Atajo de Mery Yolanda Sanchez. – Himpar Editores 2014

Luego vino Labio de iebre, obra de teatro escrita y dirigida por Fabio Rubiano, en el teatro Petra. Esta obra lleva 6 años en escena y sigue dejándonos un hoyo en el pecho por su fuerza y la situación en la que pone al espectador. Casi como en los fantasmas de las navidades pasadas que asediaban a Ebenezer Scrooge; la obra muestra un camino hacía el perdón, empujado por la venganza de la culpa y la conciencia, que sufre Salvo Castello, un ex paramilitar ahora expatriado y cobijado bajo una ley de reparación. Hay una parte fantástica muy fuerte que mueve toda la historia, pero cada parte de ella viene de una realidad pura. La guerra, las víctimas y los ejecutores están retratados más allá de la actuación. El dolor que transmite Marcela Valencia, con una gran actuación, en su papel de Alegría de Sosa (víctima de Salvo Castellano que la asesinó a ella y a su familia), no viene solo de ella, viene de todas las víctimas que retrata el personaje. La obra nos hace reír incómodamente, nos hace llorar en múltiples ocasiones, e igual que con el atajo nos llega a la médula.

Obra de teatro Labio de Liebre, escrita y dirigida por Fabio Rubiano. Fotografía de https://bit.ly/3kSBnFG

Ambas historias, aparte de hacerme llorar, me enseñaron algo valioso que no había entendido hasta ahora: no todas las historias de la guerra son iguales y todas merecen ser contadas. No importa si es relato, un testimonio, una obra de teatro, una escultura o una casa (como la casita del terror en San Carlos), un museo de la memoria (como el Salón del nunca más en Granada Antioquia o el Museo Casa de la Memoria de Medellín, el Centro Nacional de Memoria Histórica en Bogotá), todas estas formas muestran una realidad a la que nos hemos acostumbrado, pero ya no vemos, ahora ignoramos. Las historias de la guerra nos acompañan y acompañarán porque son nuestra memoria,  porque siempre habrá una víctima o un testigo que seguirá contándolas hasta que las cosas cambien. 

EL SILENCIO DE LAS ARTES

Los últimos meses en Colombia hemos presenciado situaciones convulsas que han despertado sentimientos en todos nosotros, tanto a favor como en contra de las ideas expresadas alrededor del Paro Nacional del 2021. Este suceso se ha destacado de las otras movilizaciones ciudadanas porque parece que –por fin– se ha dado una voz a todas las capas de la sociedad que estaban cansadas de tener que soportar la situación de un país a la deriva. No obstante, existe una voz que a pesar de siempre haber sido de las más fuertes y resonantes a lo largo de la historia está brillando por su ausencia: las artes. En este momento, cuando más se necesita el apoyo de las artes para generar cambios estructurales en la cultura de nuestro país, estas decidieron susurrar en lugar de generar ecos.

Ahora, es necesario ser precisos al respecto cuando hablamos de “las artes”. Si bien hemos visto expresiones artísticas a lo largo de toda la protesta social por medio de música, fotografías, pintura y performances, una gran parte de las instituciones que llevan la batuta de las artes en el país y las personas que se mueven en sus círculos han decido tomar una postura tibia e indefinida ante la situación actual; apuñalando al país y dándole la espalda a la generación de contenidos que ayuden a comprender los retos a los que nos enfrentamos cada día como la sociedad fragmentada que somos.

No ha salido el primer museo de gran formato a socializar de forma continua la situación actual de Colombia, más allá de aquel jueves 13 de mayo cuando varios museos hicieron un paro. Este paro fue un proyecto interesante que proponía convertir los discursos de los museos en algo más interactivo, poniendo al servicio de la ciudadanía sus plataformas y recursos para hacer eco de la situación alrededor del paro a nivel nacional e internacional. Todo sonaba muy bonito y comprometido, pero no pasó más de un par de días, que ni siquiera fueron una semana y estas instituciones regresaron a sus discursos políticamente correctos guardando silencio ante la situación. Resulta frustrante ver cómo muchas de estas instituciones se han quedado cortas de palabras cuando es vital la reproducción de estos espacios para acercar de nuevo a las personas a los museos y comprenderlos desde nuevas perspectivas más allá de gabinetes de curiosidades o sitios con cosas viajes y bonitas. Es necesario que los museos comiencen a ser actores políticos en la sociedad para generar empatía con cada uno de los ciudadanos que los habitan, pues de esta manera se abraza no solamente la identidad y la historia, sino también al otro que no siempre está representado en pinturas y esculturas.

Si vamos al otro lado de la balanza por fuera de las instituciones culturales, vemos que a grandes personajes de la música contemporánea como J Balvin o Shakira han mostrado su indiferencia ante la situación actual. En múltiples ocasiones el cantante paisa se ha escudado argumentando que él es solo un cantante y que, por esta razón, no tiene porque opinar sobre temas políticos. Sin embargo, el “Niño e’ Medellín” ignora que la música puede tener un mensaje político e ir más allá para ser una plataforma que despierte la empatía de otros ante una situación en particular. Nadie le va a pedir a un cantante como Balvin que haga un statement político como lo hacen bandas tipo Pussy Riot porque le faltan huevas, pero que al menos, tenga más empatía con los ciudadanos de a pie que lo vieron crecer. Y es que son muchos los casos de grandes artistas de la industria musical que han alzado su voz en momentos de crisis solidarizándose con sus países de origen; tal como fue el caso de Mon Laferte con su denuncia de los abusos de la fuerza pública de Chile o incluso el de Bad Bunny acompañando las protestas en contra del gobernador de Puerto Rico, pero para Colombia, pedirle empatía a sus artistas exitosos parece que es como pedirle peras a los olmos.

En un país donde las artes viven en los extremos de agonizar o ser opulentas, permitir que quienes llevan el dominio de los espacios que las promueven guarden silencio es ser cómplice de su indiferencia. En contextos artísticos, observar las situaciones del presente desde una perspectiva estética, significa no solo exponer lo disfuncional y absurdo de una sociedad, sino también comenzar a producir resonancias e ideas que nos conduzcan a espacios donde pensar soluciones posibles. Por dicha razón, se hace necesario repensar, cuestionar y politizar cada uno de estos lugares y personas, pues no pueden quedarse estáticos mientras desangran al país cada noche. Los óleos de Andrés de Santa María seguirán en el Museo Nacional, pero los murales que denuncian las necesidades de una sociedad son borrados rápidamente de las calles y de nuestra memoria.

¡PUEBLO, SALVEN USTEDES LA PATRIA!

El 2022 se acerca y las voraces campañas políticas de todos los bandos empiezan a mostrar sus cartas para la contienda electoral, la cual promete avivar las tensiones que el país ha cargado durante los últimos años.

Parece que los aspirantes a ocupar la Casa de Nariño no han aprendido nada de los errores que se cometieron hace cuatro años y los que ha cometido el presidente Duque durante su administración. Cada uno de ellos quiere llegar al puesto más importante de la Nación repitiendo la misma falacia: que ellos llegarán a salvar el país.

¿Salvar de qué? Para algunos, de la “inminente llegada del socialismo”; para otros, “de las oligarquías que hunden a este país en la miseria”. Sin embargo, cada vez que llega un nuevo “salvador” al poder, éste termina convirtiéndose en un motivo para que otros cuantos quieran llegar con el mismo propósito cuatro años después.

Estos acechadores de votos juran ser la reencarnación del coronel Rondón y esperan que nosotros seamos como Simón Bolívar, poniendo la salvación de la patria en sus manos, como si de ellos dependiera nuestra vida, nuestro futuro, nuestros sueños. Como si 50 millones de almas tuviésemos que venerar a aquel al que se le imponga la bandera tricolor cruzada sobre su pecho en una ceremonia tan solemne como hipócrita en la que aplauden sólo sus aliados políticos, lamiéndose la boca de lado a lado saboreando la mermelada venidera.

Pero es que la salvación de todo un país no puede venir envuelta en un tamal, ni va ligada a un billete con la cara impresa de Gabriel García Márquez. La salvación de este país no se va a lograr a través de palabras superfluas que endulzan oídos, ni por medio de bailes ridículos en plena plaza pública repitiendo hasta el cansancio el nombre de un candidato.

Los colombianos tenemos que empezar a pensar de verdad, porque este país se salva es por medio de ideas, proyectos e incluso opiniones, que aunque sean divididas, construyen una conciencia social que permite el diálogo y las verdaderas concertaciones para hacer avanzar a toda una sociedad.

Los debates no deben darse sólo en los mismos canales de televisión, radio, prensa, ni sólo dirigido a unos pocos. Las confrontaciones ideológicas no pueden llenarse de señalamientos personales ni deberían convertirse en un concurso que intente buscar al que sonría mejor y hable con más elocuencia, como parece estar pasando. En cambio, el intercambio de ideas debería darse en toda plaza pública, todo colegio, toda universidad y todo espacio que se preste para compartir las diversas visiones de Estado que las personas proponen.

Porque sí, la política es de personas, no de figuras políticas, aunque suene contradictorio. Las personas son las que le dan vida a la política y deberían ser quienes tomen las decisiones que este país necesita, si es que queremos ser una verdadera democracia.

No podemos esperar que un personaje con ínfulas de salvador venga a arreglarnos la vida, esperando que el Estado paternalista nos dé todo lo que necesitamos y asumiendo que los únicos con voz y voto son aquellos que ostentan el poder.

La salvación de este país no puede ser una cara, un nombre, un cargo. La salvación de este país recae en 50 millones de conciencias con ganas de trabajar y salir adelante en un panorama tan oscuro del que sólo se sale con esfuerzos mancomunados.

Un país no debe buscar un mesías, ni volver caudillo a cualquier político que jure buscar lo mejor para todos, ahogando sus deseos autócratas en los discursos de campaña, sólo para llegar a gobernar como los vecinos que tanto critica. Un país se salva sólo si se quiere salvar y, para ello, todos tenemos que trabajar porque si no entendemos de qué queremos salvarnos, ¿para qué nos vamos a salvar?

Parar ya no es suficiente

Un 1° de Mayo no se espera la calma. Año tras año, previo a la manifestación llueven las preguntas: que si vamos muchos, que si vamos pocos, que si hay tropel, nos preguntamos qué van a hacer los sindicatos, dónde estarán los estudiantes, entre otras. Pero lo que hemos visto hoy es un hito para el país: marchas masivas el Día Internacional de la Clase Obrera después de tres días de manifestaciones. Manifestaciones que los medios tradicionales han querido opacar con los pocos casos de vandalismo y dando información errónea. Vimos jóvenes, viejos, mujeres embarazadas, personas del sector LGBTIQ, gente de todos los grupos sociales, más que indignados, hartos del abuso y sin miedo de protestar, porque esta no fue la típica marcha conmemorativa de cada año, este un reclamo nacido del dolor de un país víctima de atropellos históricos que están alcanzando límites inimaginables.


Una reforma tributaria en plena pandemia, en la que se han incrementando los gastos de guerra mientras las ayudas, vacunas y demás parecen no importarle al Estado. Además de ser una reforma que no soluciona el déficit fiscal sino que exprime a la clase media y baja mientras sigue otorgando beneficios a los más grandes grupos empresariales, una reforma que afecta gravemente el sector cultural, una reforma a la salud que no es clara respecto a las condiciones de los trabajadores del sector, una reforma que aumenta el IVA en productos de la canasta familiar pero se los quita al armamento militar.


Y no sólo es la reforma. Este gobierno y esta pandemia nos han dado panoramas desoladores: vendedores ambulantes siendo atacados constantemente por la policía en un momento en que no tienen cómo alimentar a sus familias, miles de pequeños empresarios en bancarrota, prostitutas que no tienen ahora una fuente de ingreso, masacres en varias partes del país, coronado todo por una noche de horror donde la fuerza pública se fue una vez más en contra de los manifestantes disparándoles con armas de fuego. Anoche en Cali asesinaron a catorce personas, entre ellas a un menor de edad. Toda esta triste lista fue el caldo de cultivo perfecto para que se rebele una generación que no tiene nada que perder.


Y es en serio que no tiene nada que perder: con la situación paupérrima en que se encuentra el trabajo, la educación pública, la seguridad, la salud y los fondos de pensiones, a los colombianos de hoy parece no temblarles la mano para alzar una pancarta o tirar una piedra donde se necesite. Ya no es necesario a seguir a un grupo sindical, esta vez no hizo falta un capucho que iniciara la revuelta, ni una organización estudiantil que dirigiera la manifestación, en las fotos vemos a la ciudadanía plena, insatisfecha y conmovida que hoy se tomaron las ciudades del país para pelear por lo que es nuestro y que el gobierno de manera descarada insiste en arrebatarnos.

5 escritoras colombianas para conocer en la cuarentena

Hoy 23 de Abril se celebra tanto el Día del Libro, como el Día del Idioma. Por esta razón, les traemos cinco libros de escritoras colombianas que nos gustaría que conocieran y que podrían ayudarles a pasar más fácil estos días de encierro durante la cuarentena.

Parra, Lina María. Llorar sobre la leche derramada. Bogotá: Animal Extinto Editorial, 2020. Impreso. 

Lina María Parra

Autora y docente antioqueña, publicó en el año 2018 su primer libro de cuentos titulado Malas posturas (Editorial Eafit), un libro donde se reflexiona entre la relación enfermedad-cuerpo a través de las visiones de la sociedad sobre lo que es saludable, correcto o bello. En este caso, su libro de cuentos Llorar sobre leche derramada, nos muestra una realidad que nos hace sentir identificados, pero que se va desdibujando en medio de la historia. Las letras de Parra nos hace saltar de lo usual del día al día a lo maravilloso o aterrador de sus historias.

Ortiz Gómez, Laura. Sofoco. Laguna Libros. 2021. Impreso

LAURA ORTIZ GÓMEZ

Esta escritora nacida en la ciudad de Bogotá, fue ganadora de la segunda edición del Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica, concurso que busca dar a conocer a autoras colombianas. Las historias de este libro llegan a ser sensoriales para los lectores, pues están llenas de lugares familiares, de imágenes fuertes y de personajes que viven más allá del papel.

Mejía, Andrea. La carretera será un final terrible. Tusquets editores. 2020.

Andrea Mejía

Mejía es una autora de la contemplación, de ver más allá de la imagen lo que encierra y puede contarnos. Su libro La carretera será un final terrible es su primera novela y en ella cuenta la historia de una mujer que intenta escribir un libro encerrada en una montaña. De su mano navegamos entre la belleza, la soledad y los recuerdos de esta mujer que intenta contarnos y también contarse para sí misma su historia.

Quintana, Pilar. Los abismos. Alfaguara. 2021. Impreso

PILAR QUINTANA

Con Los abismos, Pilar Quintana fue la ganadora del Premio Alfaguara de novela 2021. Padres conflictivos, un mundo de obligaciones de hacer y decir las cosas, otra perspectiva de lo que significa la maternidad, plantas que se nos atraviesan o nos esconden, todo narrado desde la voz de una niña, es lo que Quintana nos ofrece en esta novela.

Moreno, Marvel. El tiempo de las amazonas. Alfaguara. 2019

MARVEL MORENO

Esta novela permaneció veinticinco años inédita. Moreno dejó esta novela lista para publicar en 1994 antes de su muerte en 1995, pero su familia durante este tiempo se opuso a su publicación alegando que no estaba a la altura de su anterior novela En diciembre llegaban las brisas. Esta novela nos narra la historia de tres primas en París durante los años sesenta, marcada como es usual en las literatura de Moreno con el costo que tiene ser mujer en el mundo.

Esperamos que disfruten de ésta selección de autoras que tenemos para ustedes, para la revista El Callejón, siempre es una maravilla conocer nuevos talentos nacionales que nos sigan inspirando aún en los días más difíciles.

Reconstruirnos

No es necesario hacer un recuento de todo lo que sucedió el año pasado para decir que éste estuvo lleno de cambios, dificultades y retos. Cualquier persona que vive en la nube de la actitud positiva diría que hay que agradecer que estamos vivos, pero lo cierto es que eso no es suficiente. El dolor de las personas que se fueron y de los sueños que se frustraron queda en nosotros, así como el virus parece también querer quedarse. Es apenas la primera semana del nuevo año y ya en Bogotá volvieron a decretar cuarentena obligatoria en tres localidades, debido al aumento de UCIs ocupadas.

Así pues, debemos preguntarnos nuevamente si debemos agradecer que estamos vivos, o debemos realmente es agradecer lo que estar vivos nos ofrece: la oportunidad de cambiar y de crear. Si tenemos la posibilidad de crear, de reconstruirnos, si tenemos esa mínima posibilidad, tenemos algo que agradecer, aunque la catástrofe nos golpee una y otra vez. De las catástrofes en Colombia tampoco hace falta hacer recuento, lo vemos a diario, lo tenemos en las narices, en el olor de la sangre que nos percude las fosas nasales todos los días. Y eso que las muertes son sólo uno de los terribles males que nos golpea, porque este gobierno se ha caracterizado por estar en contra de la población, en contra de todo lo que le pueda beneficiar o liberar. Un ejemplo de esto es el cierre de revista Arcadia, que, a principio de este año, significó un duro golpe no sólo para los columnistas que allí trabajaban, ni a los artistas a los que la revista les daba un pequeño espacio. Fue un golpe para la ciudadanía, fue quitar una voz que llegaba a las personas para hablarles de algo que en el país tanto escasea: la cultura. Y es que Arcadia se había caracterizado por hacer no solamente un recuento de libros, música o museos, la revista hacía una crítica al Estado a través de la cultura. Con la venta de la casa editorial Semana a un empresario allegado al gobierno, este paso parecía lógico, la pandemia sólo fue la excusa perfecta. Lo mismo ahora con la revista Semana, revista que gozaba de prestigio (no siempre bueno), ahora convertida en un pasquín, sin un verdadero fondo periodístico. Un medio de información vive de sus colaboradores, de sus periodistas, los cuáles revista Semana perdió casi todos en un mismo día.

Por consiguiente, y en vista de la crisis cultural que atraviesa el país con carencia de espacios que alienten a nuevas voces; en El Callejón, como revista cultural, nos proponemos el reto de transformarnos. La situación del país, del mundo y de nosotros como personas nos exige dar la cara hacía los nuevos caminos que se abren. La economía naranja no hará ningún cambio si nadie sabe realmente de qué va, si no hay espacios donde los artistas hablen, si no hay una conexión entre éstos y el público, si solamente sirve para ser una fachada discursiva que beneficia a los que ya están adentro de ella con un rol hegemónico en el medio o otras industrias externas que quieran hacer “arte y cultura” solo porque tienen los medios. La revista El Callejón ha decidido hacer un cambio por aquellos a quienes nos debemos: ustedes los lectores, por la cultura, el arte y los artistas. A partir del próximo mes cambiaremos no solo de imagen y de espacio, sino también de contenido central. Queremos ser un medio en el que cualquiera que le interese la cultura tenga una voz y un lugar, invitarle a hacer parte de la conversación y que así pueda aportar su grano de arena a la actual coyuntura que atraviesan las industrias culturales del país. La pandemia sigue quién sabe hasta cuando, pero nosotros también seguiremos.

Mientras trabajamos fuertemente por abrir este espacio para ustedes, les compartimos un playlist que refleja lo que sucedió en 2020. Un espacio en el que les invitamos a hacer una pausa para mirar atrás y aprender, para mirar atrás y poder seguir hacía adelante.

Curiosidad, lo que le falta al mundo

A diario me pregunto: ¿Qué es lo que necesita el mundo para tener un cambio positivo? Mi mente enseguida recurre a un sinfín de respuestas, algunas largas, confusas e irreales, otras más simples, concretas. Una de estas es la curiosidad. Pienso que al mundo le falta más personas curiosas, personas que indaguen, que pregunten sobre hasta lo más insignificante de la vida, personas que no le den paso a la normalización de situaciones y problemas globales o personales, que se cuestionen el por qué pasa algo, el cómo se originó, el desde cuándo está pasando, el hasta dónde puede perjudicar o influir esa situación, el qué pueden hacer ellos para cambiarlo, mejorarlo o erradicar ese problema, personas que no le den poder ni a la ignorancia ni al conformismo, personas que no solo sientan empatía por los que adolecen sino que también tengan ese profundo y genuino interés por ayudarles desde una perspectiva que no sea netamente compasiva, sino que también sea una ayuda originada por la imparcialidad.

La curiosidad es un instinto natural que tenemos presente en todas las etapas del desarrollo humano, es un comportamiento que compartimos con muchas otras especies animales, la cual se origina a razón de estímulos emocionales y nos guía hacia al aprendizaje. La curiosidad nos motiva a observar, a experimentar detalladamente algo que nos cause un interés particular, nos impulsa a conocer la rareza o la novedad. Ser curioso es quitarle protagonismo al miedo por lo desconocido, es abrirle los brazos a la enseñanza, a la reflexión, es afrontar la inconsciencia. Ser curioso es percibir que hay algo más allá de lo que ya conozco y hacerle caso a ese “sexto sentido” de que hay mucho más por descubrir, por comprender, por construir, es ese primer salto para vivirlo.

Frente a los acontecimientos positivos o negativos (ya sean individuales o colectivos) la curiosidad actúa como un canal que accede al progreso, un canal soportado por la valentía y la determinación de querer cambiar las cosas desde un punto objetivo, neutral, conociendo las dos o más posiciones al respecto. Es investigar los diferentes puntos de vista teniendo en cuenta el principio de igualdad y justicia.

Ella es una visitante pasajera, no espera mucho tiempo en la puerta, es por esto que pienso que lo que necesita el mundo son personas osadas y decididas a abrir esa puerta sin importar si se observó o no a través de la mirilla, y así darle hilo o frenar una nueva experiencia.          

Todos podemos generarle curiosidad hacia algo en específico a otra persona e incluso a nosotros mismos, propiciar nuevas herramientas, ser ese impulso lleno de intrepidez que nos lleve al conocimiento sensato de las cosas y así convertir la realidad en una peculiar oportunidad para cambiar nuestra perspectiva de la vida. Y además, transformar las soluciones que planteamos a nuestros problemas. Percibir las situaciones y vivencias con mayor profundidad, entender que debemos estar presentes, dejarnos llevar por nuestra intuición, hacer más preguntas en voz baja que nos motiven a responderlas a todo pulmón, trascender nuestro ser y atrevernos a aceptar lo inédito… Todos somos capaces de ser más conscientes, de reflexionar, de ser ese observador que ya sea desde el silencio o desde la acción nos motive a apreciar más la vida y lo que sucede alrededor de nuestro entorno y del resto del mundo.

El Estado irracional

El fallo de la Corte Suprema de Justicia que obligó al Gobierno a pedir disculpas por los abusos policiales hizo entender que los problemas de organización de la Fuerza Pública son una cascada estructural de irregularidades y no ‘manzanas podridas’.

Como si no fuera suficiente la polémica causada durante las protestas, el periódico El Tiempo reveló las amenazas que recibió el oficial encargado de la investigación en contra de los agentes involucrados en la muerte de Javier Ordóñez y que, al parecer, provienen de sus propios colegas, pues la foto que acompañaba los mensajes amenazantes fue sacada directamente de la base de datos de la Policía.

La propia Procuraduría ha pedido al Gobierno una reestructuración de la entidad y ha llamado a acatar las órdenes de la Corte. Sin embargo, no se ve una real disposición de las autoridades por querer mejorar esta situación. Por el contrario, han hecho lo posible para dilatar el cumplimiento del fallo, rozando con el desacato, lo que podría traerle problemas judiciales al Ministro de Defensa. Parece no importar el bien de la población sino demostrar quién tiene más poder; un jueguito que termina por desestabilizar una democracia que, de por sí, “anda en los rines”.

Al final, los colombianos terminan sufriendo las consecuencias: 13 muertos y más de 400 heridos, entre civiles y miembros de la Fuerza Pública, fue el saldo de las manifestaciones del 9 y 10 de septiembre. Las víctimas no estaban relacionadas con los pulsos políticos ni hacían parte de las esferas del poder, sino que terminaron convirtiéndose en la carne de cañón de un Estado incapaz de regular su propia fuerza y mantener satisfecha a su propia gente.

Esto tampoco se trata de doblegarse ante aquellos que quieren desestabilizar a la Nación para llegar al poder. Siempre será necesario un control de las movilizaciones para evitar actos vandálicos en contra de los uniformados, pero no es posible justificar la disuasión de un grupo de manifestantes con armas letales sólo por gritar arengas en contra de quienes ejercen el poder, ni mucho menos permitirse que criminales con uniforme decidan sobre la vida de un pueblo históricamente oprimido por las injusticias y la corrupción.

En últimas, va en contra de toda lógica que la Policía y el Ejército se pasen por la faja la Constitución, los derechos humanos y los acuerdos internacionales, cuando son quienes deberían hacer cumplir al pie de la letra estas normas. Se falta aún más a la lógica cuando se intenta suprimir la protesta pacífica en un país que dice ser democrático y que sostiene la libertad de expresión como uno de sus derechos fundamentales. Es completamente irracional que, además, hayan personas que justifiquen actos de violencia como el asesinato de aquellos que se atreven a cuestionar lo que está mal, como fue el caso del profesor Campo Elías Galindo. Si se dice que el humano es un animal racional, parece que el colombiano se quedó sin lo racional.

ENTRE ELITISMO Y EUROCENTRISMO: EL PREMIO NOBEL DE LITERATURA

El Premio Nobel desde 1901 se constituye como el galardón más reconocido y prestigioso del mundo. Sus seis categorías exaltan las contribuciones, investigaciones y descubrimientos hechos por un reducido grupo de personas que, en palabras de Alfred Nobel, “llevasen a cabo el mayor beneficio a la humanidad”.

Una de sus categorías es el Premio Nobel de Literatura. Su intención principal, consignada en el testamento del precursor del premio, es que fuera entregado cada año “a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal”. Así mismo estableció la premisa de que “no se debe tener en consideración la nacionalidad de los candidatos, sino que sean los más merecedores los que reciban el premio, sean escandinavos o no”.

¿Realmente el Premio Nobel de Literatura, en sus 118 años de historia ha seguido estas premisas? Desde el punto histórico la respuesta es negativa. El máximo galardón del universo literario entregado anualmente ha sido un reflejo del elitismo y eurocentrismo del conocimiento por parte de instituciones y círculos intelectuales del viejo continente.

De los 109 galardones que han sido entregados desde el inicio del siglo XX, 79 quedaron en manos de escritores europeos. Solo hasta 1913 la Academia Sueca distinguió a una persona de otro continente: Rabindranath Tagore. El poeta, escritor y compositor musical si bien nació en Calcuta en 1861 (en ese momento colonia británica), tuvo una vida muy ligada a Londres, donde estableció un contacto cercano con intelectuales de la época de inicios del siglo XX como Albert Einstein, Robert Frost, Mahatma Gandhi y Thomas Mann.   

Pasaron 44 años antes de que la poeta chilena Gabriela Mitral se convirtiera en la primera ganadora latinoamericana. Por su parte, el continente asiático hasta 1968 volvió a tener un ganador con el autor del País de nieve y El sonido de la montaña, el japonés Yasunari Kawabata. El primer africano declarado Premio Nobel de Literatura fue el nigeriano Wole Soyinka en 1986 y, el primer ganador de la lejana Oceanía fue el escritor australiano (nacido en Londres) Patrick White. Estos hechos han reflejado la “supremacía europea en la elección” del Premio Nobel, la cual, durante décadas estableció que los valores literarios, culturales y sociales de tradición europea fueran vistos como modelos universales que, en muchos casos, ignoraron los aportes literarios de otros continentes. En los primeros 80 años del Premio solamente 6 galardones fueron entregados a personas oriundas de otros espacios geográficos diferentes del europeo y estadounidense. Este último país, con una gran concurrencia de nominaciones debido principalmente a la generación perdida de William Faulkner (1949), Ernest Hemingway (1954) y John Steinbeck (1962).

Así mismo, el Reino de Suecia como responsable de los premios ha tenido a lo largo de su historia 7 galardones. Este hecho llama la atención en la medida en que los ganadores provenientes del país escandinavo sobrepasan al total de ganadores latinoamericanos (6), asiáticos (5) y africanos (3). Sin desconocer los méritos de los escritores suecos, resulta innegable la histórica preferencia que tiene la Academia Sueca hacia sus paisanos.

La Academia, quien escoge al galardonado en la ceremonia del 10 de diciembre (día de aniversario de la muerte de Alfred Nobel), está conformada por una élite académica de escritores, lingüistas y críticos literarios exclusivamente de origen sueco que, en la mayoría de sus 18 escaños, cuentan con una trayectoria en universidades suecas y con una formación orientada a literatura nórdica.

En los últimos años, este selecto grupo ha estado rodeado de aparatosos escándalos de mala gestión en el manejo de los fondos y de acoso sexual llegando a tener hasta 18 acusaciones vigentes de agresión sexual dentro de los miembros de la Academia. Este hecho generó el nombramiento de un nuevo comité para el premio y el aplazamiento de su entrega en el 2018, lo cual dio pie para la creación de un Premio Nobel Alternativo creado por una organización sueca llamada la Nueva Academia. En estas circunstancias cabe preguntarse ¿Será posible que se levante y logre una nueva credibilidad?

Los fondos dentro de la institución siempre han sido manejados en un círculo muy cerrado. En todos los casos, la distinción que reciben los ganadores viene acompañada de una cifra económica que varía cada año según los donativos y los resultados de las inversiones que hace la Fundación Nobel (quien no está involucrada en la selección de los galardonados). En la actualidad, el premio entrega una cifra cercana a los 925 mil dólares, los cuales son el resultado de las inversiones de poco riesgo que ha hecho la Fundación en base a la herencia económica que dejó el inventor sueco. Acompañando al cheque, los escritores reciben un diploma y una medalla de oro en manos del Rey de Suecia.

Todos estos reconocimientos para muchos lectores y críticos literarios han tenido algunas omisiones con aquellos escritores y escritoras que en vida se convirtieron en eternos candidatos. Allí muchas veces jugaron las condiciones políticas, ideológicas o de “lobby”dentro de los más altos círculos literarios. El caso más icónico es el del creador de El Aleph, Jorge Luis Borges. El erudito escritor porteño hasta el día de su muerte en 1982 nunca asistió a la ceremonia en Estocolmo, en gran parte por su polémica relación con Augusto Pinochet. A este se le suman otros colegas latinoamericanos como Julio Cortázar, Juan Rulfo, Rómulo Gallegos, Rubén Darío o Cesar Vallejo, quienes, hasta hoy han tenido una influencia majestuosa en la literatura universal. Otros escritores como León Tolstói, James Joyce, Franz Kafka, Virginia Woolf, Émile Zola, Italo Calvino y Marguerite Yourcenar no recibieron el Premio, pero sus libros definitivamente han contribuido a cambiar la historia del mundo a través de ficciones que, en palabras de Mario Vargas Llosa: “han multiplicado las experiencias humanas impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, el ensimismamiento y a la resignación” (Mario Vargas Llosa, Discurso del Premio Nobel de Literatura 7 de diciembre de 2010).

Es innegable que el Premio Nobel de Literatura en los últimos 40 años ha tenido un mayor pluralismo al destacar a autores –y hasta cantantes- surgidos de otras latitudes. Así mismo, por más de un siglo ha mantenido ese peso MAYÚSCULO en el mundo de las letras al brindar un impacto comercial, mediático y académico para editoriales y autores; pero, es fundamental tener en cuenta que el Nobel es un premio muy reciente comparado con el nacimiento de la escritura desde hace miles de años.

Este galardón para muchos escritores reconocidos y anónimos no se constituye en la gloria máxima. Muchos ganadores después del premio entraron en una decadencia personal y literaria tal como le sucedió a Faulkner, Hemingway, Kawabata, Nelly Sachs y Borís Pasternak. Los sueños de muchos hombres y mujeres dedicados a imaginar y escribir páginas enteras de historias y versos están en traspasar todo tipo de fronteras físicas e intelectuales donde puedan derrotar la carcoma del tiempo y sus palabras alivien la condición perecedera del mundo para convertir lo imposible en posible.

De raíz

(AP Photo/Ivan Valencia)

A veces es necesario comprender cómo los sonidos del pasado se convierten en los ecos del presente. No lo digo porque sea pan de cada día en mi profesión de historiador, pero luego de lo sucedido con la policía hace unos días en Bogotá y las principales ciudades del país, es necesario entender que el problema no viene de los frutos, sino de la raíz. Podemos comenzar remitiéndonos al año 1946 cuando bajo el gobierno de Mariano Ospina se utilizó a la Policía Nacional como un instrumento para perseguir y oprimir a los enemigos del Partido Conservador Colombiano. Años después, durante el Bogotazo la policía tuvo un cambio de bando y se unió a las facciones gaitanistas de tinte liberal; pero esto duró poco, ya que el gobierno de Laureano Gómez estableció una férrea cacería para eliminar estas facciones por medio de los Chulavitas, la policía secreta del partido Conservador (que también podría considerarse un grupo paramilitar). 

Luego, con la llegada de Gustavo Rojas Pinilla en el año 1953 se anexó a la Policía Nacional como un componente que hace parte de las Fuerzas Militares dentro del Ministerio de Guerra (antiguo MinDefensa), transformando posteriormente su enfoque civil en uno militar. Así siguió operando hasta llegar a la nueva Constitución de 1991, donde se define nuevamente a la Policía Nacional como un cuerpo armado de naturaleza civil y por fuera del comando de las Fuerzas Militares… O al menos eso dice el papel, porque no tuvo mucha incidencia en la realidad, pues la Policía sigue siendo parte del Ministerio de Defensa y conservó privilegios de las Fuerzas Militares como el fuero militar y el acceso a la justicia penal militar.

Es por eso que al llegar a nuestros días tenemos una institución que ha modificado su discurso y se ha dotado de vías de hecho para establecer una normalidad que, por un lado, ofrece una cara amable y justa a cierto grupo de ciudadanos y al reverso una corrupta y abusiva que utiliza su posición de poder para cometer todo tipo de abusos. Por esa razón las acciones contra la policía no fueron un acto premeditado y calculado como lo intenta hacer pasar el Ministro de Defensa, ni mucho menos un plan de un grupo terrorista llamado ACAB (All Cops Are Bastards); no, estas acciones surgen de una fracción de la sociedad que le ha tocado la cara amarga de una institución que tiene fallas que llegan a su raíz y que se enfrenta material y simbólicamente a ellos en busca de una respuesta para el interrogante: ¿quiénes cuidan a la sociedad si en quiénes recae esa labor no son capaces de hacerla? Una fracción de Colombia que ha sido deshumanizada y que ahora grita en medio de la ira, la confusión y la impotencia que genera el no tener como responder a la pregunta previamente realizada.

La Policía Nacional necesita una reforma que venga desde arriba y la atraviese transversalmente en cada una de sus secciones, eso está claro, pues el problema ya no se arregla con un discurso de disculpas y una promesa de cambio. Es necesario que ella misma se replantee cómo debe conectarse de nuevo con la sociedad colombiana que la ve más como una amenaza que como una garante de seguridad. Dicha reforma no se logra por medio de clases de yoga, sino entendiendo que el problema viene de raíz debido a la forma cómo la misma policía se ha entendido a sí misma durante años: una fuerza armada civil de represión para defender el orden establecido bajo la figura de gobierno de turno. Por eso es que a final de cuentas el temerle o no a la policía acaba siendo un asunto de los azares de la vida, en donde a usted según su procedencia y apariencia puede conocer la cara amable de la institución al servicio de su comunidad; o por lo contrario se ve oprimido, violentado y hasta asesinado en el nombre de una ley que debería protegerlo como ciudadano y no servir de excusa para justificar los abusos de poder de una institución corrupta de raíz.

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