EL SILENCIO DE LAS ARTES

Los últimos meses en Colombia hemos presenciado situaciones convulsas que han despertado sentimientos en todos nosotros, tanto a favor como en contra de las ideas expresadas alrededor del Paro Nacional del 2021. Este suceso se ha destacado de las otras movilizaciones ciudadanas porque parece que –por fin– se ha dado una voz a todas las capas de la sociedad que estaban cansadas de tener que soportar la situación de un país a la deriva. No obstante, existe una voz que a pesar de siempre haber sido de las más fuertes y resonantes a lo largo de la historia está brillando por su ausencia: las artes. En este momento, cuando más se necesita el apoyo de las artes para generar cambios estructurales en la cultura de nuestro país, estas decidieron susurrar en lugar de generar ecos.

Ahora, es necesario ser precisos al respecto cuando hablamos de “las artes”. Si bien hemos visto expresiones artísticas a lo largo de toda la protesta social por medio de música, fotografías, pintura y performances, una gran parte de las instituciones que llevan la batuta de las artes en el país y las personas que se mueven en sus círculos han decido tomar una postura tibia e indefinida ante la situación actual; apuñalando al país y dándole la espalda a la generación de contenidos que ayuden a comprender los retos a los que nos enfrentamos cada día como la sociedad fragmentada que somos.

No ha salido el primer museo de gran formato a socializar de forma continua la situación actual de Colombia, más allá de aquel jueves 13 de mayo cuando varios museos hicieron un paro. Este paro fue un proyecto interesante que proponía convertir los discursos de los museos en algo más interactivo, poniendo al servicio de la ciudadanía sus plataformas y recursos para hacer eco de la situación alrededor del paro a nivel nacional e internacional. Todo sonaba muy bonito y comprometido, pero no pasó más de un par de días, que ni siquiera fueron una semana y estas instituciones regresaron a sus discursos políticamente correctos guardando silencio ante la situación. Resulta frustrante ver cómo muchas de estas instituciones se han quedado cortas de palabras cuando es vital la reproducción de estos espacios para acercar de nuevo a las personas a los museos y comprenderlos desde nuevas perspectivas más allá de gabinetes de curiosidades o sitios con cosas viajes y bonitas. Es necesario que los museos comiencen a ser actores políticos en la sociedad para generar empatía con cada uno de los ciudadanos que los habitan, pues de esta manera se abraza no solamente la identidad y la historia, sino también al otro que no siempre está representado en pinturas y esculturas.

Si vamos al otro lado de la balanza por fuera de las instituciones culturales, vemos que a grandes personajes de la música contemporánea como J Balvin o Shakira han mostrado su indiferencia ante la situación actual. En múltiples ocasiones el cantante paisa se ha escudado argumentando que él es solo un cantante y que, por esta razón, no tiene porque opinar sobre temas políticos. Sin embargo, el “Niño e’ Medellín” ignora que la música puede tener un mensaje político e ir más allá para ser una plataforma que despierte la empatía de otros ante una situación en particular. Nadie le va a pedir a un cantante como Balvin que haga un statement político como lo hacen bandas tipo Pussy Riot porque le faltan huevas, pero que al menos, tenga más empatía con los ciudadanos de a pie que lo vieron crecer. Y es que son muchos los casos de grandes artistas de la industria musical que han alzado su voz en momentos de crisis solidarizándose con sus países de origen; tal como fue el caso de Mon Laferte con su denuncia de los abusos de la fuerza pública de Chile o incluso el de Bad Bunny acompañando las protestas en contra del gobernador de Puerto Rico, pero para Colombia, pedirle empatía a sus artistas exitosos parece que es como pedirle peras a los olmos.

En un país donde las artes viven en los extremos de agonizar o ser opulentas, permitir que quienes llevan el dominio de los espacios que las promueven guarden silencio es ser cómplice de su indiferencia. En contextos artísticos, observar las situaciones del presente desde una perspectiva estética, significa no solo exponer lo disfuncional y absurdo de una sociedad, sino también comenzar a producir resonancias e ideas que nos conduzcan a espacios donde pensar soluciones posibles. Por dicha razón, se hace necesario repensar, cuestionar y politizar cada uno de estos lugares y personas, pues no pueden quedarse estáticos mientras desangran al país cada noche. Los óleos de Andrés de Santa María seguirán en el Museo Nacional, pero los murales que denuncian las necesidades de una sociedad son borrados rápidamente de las calles y de nuestra memoria.

De raíz

(AP Photo/Ivan Valencia)

A veces es necesario comprender cómo los sonidos del pasado se convierten en los ecos del presente. No lo digo porque sea pan de cada día en mi profesión de historiador, pero luego de lo sucedido con la policía hace unos días en Bogotá y las principales ciudades del país, es necesario entender que el problema no viene de los frutos, sino de la raíz. Podemos comenzar remitiéndonos al año 1946 cuando bajo el gobierno de Mariano Ospina se utilizó a la Policía Nacional como un instrumento para perseguir y oprimir a los enemigos del Partido Conservador Colombiano. Años después, durante el Bogotazo la policía tuvo un cambio de bando y se unió a las facciones gaitanistas de tinte liberal; pero esto duró poco, ya que el gobierno de Laureano Gómez estableció una férrea cacería para eliminar estas facciones por medio de los Chulavitas, la policía secreta del partido Conservador (que también podría considerarse un grupo paramilitar). 

Luego, con la llegada de Gustavo Rojas Pinilla en el año 1953 se anexó a la Policía Nacional como un componente que hace parte de las Fuerzas Militares dentro del Ministerio de Guerra (antiguo MinDefensa), transformando posteriormente su enfoque civil en uno militar. Así siguió operando hasta llegar a la nueva Constitución de 1991, donde se define nuevamente a la Policía Nacional como un cuerpo armado de naturaleza civil y por fuera del comando de las Fuerzas Militares… O al menos eso dice el papel, porque no tuvo mucha incidencia en la realidad, pues la Policía sigue siendo parte del Ministerio de Defensa y conservó privilegios de las Fuerzas Militares como el fuero militar y el acceso a la justicia penal militar.

Es por eso que al llegar a nuestros días tenemos una institución que ha modificado su discurso y se ha dotado de vías de hecho para establecer una normalidad que, por un lado, ofrece una cara amable y justa a cierto grupo de ciudadanos y al reverso una corrupta y abusiva que utiliza su posición de poder para cometer todo tipo de abusos. Por esa razón las acciones contra la policía no fueron un acto premeditado y calculado como lo intenta hacer pasar el Ministro de Defensa, ni mucho menos un plan de un grupo terrorista llamado ACAB (All Cops Are Bastards); no, estas acciones surgen de una fracción de la sociedad que le ha tocado la cara amarga de una institución que tiene fallas que llegan a su raíz y que se enfrenta material y simbólicamente a ellos en busca de una respuesta para el interrogante: ¿quiénes cuidan a la sociedad si en quiénes recae esa labor no son capaces de hacerla? Una fracción de Colombia que ha sido deshumanizada y que ahora grita en medio de la ira, la confusión y la impotencia que genera el no tener como responder a la pregunta previamente realizada.

La Policía Nacional necesita una reforma que venga desde arriba y la atraviese transversalmente en cada una de sus secciones, eso está claro, pues el problema ya no se arregla con un discurso de disculpas y una promesa de cambio. Es necesario que ella misma se replantee cómo debe conectarse de nuevo con la sociedad colombiana que la ve más como una amenaza que como una garante de seguridad. Dicha reforma no se logra por medio de clases de yoga, sino entendiendo que el problema viene de raíz debido a la forma cómo la misma policía se ha entendido a sí misma durante años: una fuerza armada civil de represión para defender el orden establecido bajo la figura de gobierno de turno. Por eso es que a final de cuentas el temerle o no a la policía acaba siendo un asunto de los azares de la vida, en donde a usted según su procedencia y apariencia puede conocer la cara amable de la institución al servicio de su comunidad; o por lo contrario se ve oprimido, violentado y hasta asesinado en el nombre de una ley que debería protegerlo como ciudadano y no servir de excusa para justificar los abusos de poder de una institución corrupta de raíz.

¿Todo Va A Estar bien?

La afectación generada por la Covid-19 logró que muchos comerciantes en Medellín, que se encontraban por fuera del engranaje económico formal de la ciudad, se vieran en la necesidad de agruparse y presentar colectivamente diversas solicitudes a la Administración Municipal. Esto con el fin de evitar un inminente colapso de su modus operandi ante la ausencia de flujo de caja en sus negocios y verse en la obligación de cerrarlos. 

Este es uno de tantos ejemplos que dejó la contingencia de la Covid-19 sobre la situación a la que se enfrentaron varias personas en nuestro país. En nuestra ciudad la Alcaldía, por medio de la fuerza (pública), logró que la gente no saliera a la calle durante los momentos más críticos de la pandemia. Las principales vías de la ciudad y algunos sectores aledaños se habían quedado completamente desiertos, con un silencio reinante en sus calles que erizaba a sus habitantes. No obstante, en los barrios la situación fue diferente a aquellas imágenes que dejaban las autopistas y avenidas completamente vacías, donde se hacía difícil pensar que no hace más de 6 meses, eran lugares vibrantes y ruidosos lleno de comercios y afanes cotidianos.

Terminando este mes de agosto Daniel Quintero, el rutilante alcalde de Medellín, anunció la apertura escalonada para lo que queda del año. Esta apertura incluye a todo el transporte aéreo nacional y terrestre intermunicipal, los restaurantes, gimnasios, teatros al aire libre, el centro de eventos más grande de la ciudad, cultos e iglesias, escenarios deportivos, parques, centros turísticos, moteles, industria del entretenimiento, discotecas y hasta el estadio. Todo esto bajo el llamado de una urgente necesidad de reactivar la economía, darle un respiro a la gente y dejar atrás la parte más crítica de la pandemia. Los alcaldes del Área Metropolitana del Valle de Aburrá firmaron el Plan de Reactivación Económica, sin embargo, ¿está la ciudad preparada para volver a la “normalidad”?

Aún en los momentos de mayor temor por el contagio, en la ciudad era común ver las fiestas callejeras, los partidos de fútbol y los sancochos de barrio. A pesar de que la orden de la policía era dispersar cualquier aglomeración, las estructuras criminales y las economías ilegales demostraron su capacidad para imponerse sobre la acción las autoridades y generar una normalización forzada en muchos barrios de la ciudad que les permitiera garantizar su dominio en el territorio. Si algo debiera preocuparle a la administración de la segunda ciudad más grande del país y, de la que en su momento fuese la más violenta del planeta, es cómo enfrentar la acuciante oleada de violencia que azota el país; cómo evitar que la reactivación económica se convierta también en una reactivación de la violencia que se había reducido a mínimos históricos durante los meses de encierro. 

Son varios los interrogantes que deja esta reapertura de la vida en Medellín, pero ojalá que el #Todovaaestarbien de la administración de Quintero no se le convierta en una caja de pandora que libere nuevamente sobre la ciudad los males y sufrimientos que estuvieron guardados durante meses. Que la gradual apertura de las actividades económicas de Medellín y el Valle de Aburrá, no se convierta en un escenario idóneo potenciado por el previo encierro para ponerla al día con los titulares de asesinatos selectivos y masacres que encabezan los titulares de nuestro país.

La Heterosexualidad en la Diversidad

Muchas mamás y papás, incluso abuelas y abuelos, no contemplan la idea de que esa criatura que está creciendo en sus familias pueda no ser heterosexual (o sólo lo imaginan, quizá, como una desgracia). Sí, desde pequeños a las niñas y niños se les bombardea con información respecto de su preferencia sexual e identidad de género, aún en este siglo, se cree en la segmentación tonta de colores (azul y rosa). Se da por sentado que les tiene que gustar la niña o el niño del género (algunos creerán que del sexo) opuesto. Esto da cuenta de la necesidad tan grande que se tiene en darle visibilidad a la diversidad sexual y a la identidad de género, y no se trata de, imponer gustos ni preferencias a las niñas, niños y adolescentes, porque estos tarde o temprano se descubrirán como seres sexuados y con afectividades iguales o diferentes a la de sus amiguitas y amiguitos; aquello responde más bien a niñeces felices, libres de prejuicios, con capacidades de cuidarse y protegerse entre ellos sin importar género, sexo o identidad, por esto de que comprenden mejor las diferencias, minimizando las posibilidades de que se formen como personas homofóbicas y transfóbicas. Resulta curioso que algunas madres y padres, tengan tanto temor de que se les imponga a sus hijas e hijos ideas o ideologías, que ellos premeditadamente imponen.

Durante el mes de junio se conmemora el día internacional de la diversidad sexual. Defender y entender esa diversidad como base de una sociedad más humana es posible, pero ¿por qué este día tiene importancia? Hoy las personas siguen sufriendo agresiones por su orientación sexual o identidad de género, real o atribuida; basta con conocer la historia de Luis Álvarez, el joven de Sincelejo, que en días pasados sufrió una agresión bastante aberrante por el simple hecho de identificarse como ser diverso. La conmemoración de este día, a través de marchas, actos performativos, o intervenciones en vía pública, son una oportunidad para cuestionar la legislación homófoba y transfóbica, el sistema de educación, el qué (y el qué no) se está haciendo desde las escuelas y las guías de formación. Es una oportunidad para exigirle a las administraciones locales, gobernaciones y al mismo gobierno nacional políticas públicas que den cuenta de la necesidad que se tiene en derechos y visualización  en este respecto, además de que estas conmemoraciones empoderan a las personas diversas y son un aliciente que ayuda a cambiar la mentalidad de la gente, porque los derechos y las libertades de las personas nunca deben darse por sentados.

Si bien en Colombia ha habido avances en políticas, visibilidades y demás, es importante prestarle atención y especial cuidado al crecimiento de movimientos que excusados en buenas costumbres, en la niñez y la ortodoxia, expresan su odio, asco y rechazo a lo diferente, a las diversidades (incluso culturales). Cada día se ve con mayor fiereza personas que exigen el día del orgullo heterosexual, los mismos que se tiran “chistesitos”, comentarios, campañas -“ConMisHijosNoteMetas”- y discursos misóginos, homofóbicos y transfóbicos; políticos, youtubers, “famosos líderes” espirituales y demás personas que no entienden de qué va el día de la diversidad sexual.

Pensar que es necesario establecer el día del orgullo heterosexual, es no reconocer las luchas que a lo largo de los años las personas diversas han tenido, es un insulto a las víctimas por causas de género y es querer ocultar que en este país al que ama diferente lo callan. No, no hace falta un día del orgullo heterosexual, porque este también tiene cabida en la diversidad sexual, lo importante es que se entienda que el ser heterosexual es una diferencia más, y nunca pensar que es “la normalidad” sexual y reproductiva.

A todas las personas que se sientan, se identifiquen, se expresen y se vivan desde la diversidad les digo que esta es imparable, que tiene que ser incluyente y transversal, mirando siempre hacia esas travestis que iniciaron todo, y nunca olvidarlas ni convertirse en unos verdugos más. A quienes tristemente no se identifiquen desde una diversidad, bastará con que entiendan esa traducción hecha por los Wayúu, de un artículo de nuestra constitución, y que Jaime Garzón recalcó, que dice: “Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal en su persona aunque piense – y le agrego: ame – y diga diferente”.

Los refugiados: En cuarentena permanente

Imagen tomada de: https://bit.ly/3frRw0B

 

¿Por cuánto tiempo se puede vivir encerrado? ¿En qué momento el planeta retornará a su versión normal, si es que en verdad alguna vez fue normal? ¿Estaremos preparados para salir a la selva de cemento y de fieras salvajes?, ¿cómo no? Mañana, en un mes o posiblemente en tres meses -pudiendo ser mucho más-, nosotros, los que nos quedamos en casa, los que no trabajamos en los circuitos económicos más necesarios o a los que el hambre no nos empuja a la cotidianidad del rebusque; seguiremos resguardados viendo desde las pantallas como van, por ahora, empeorando las cosas.

Con los casos de acaparamiento, violencia intrafamiliar, riña entre vecinos, embarazos no deseados, depresión, estrés y ansiedad disparados; estas pocas semanas de confinamiento nos han puesto en condiciones extrañas para algunos, pero cotidianas para otros. Sí, para “otros” que toda su existencia han vivido en una situación de confinamiento. Esos “otros” son los refugiados. Este grupo bastante numeroso de personas desde antes de la cuarentena ya vivían en confinamiento y aislamiento obligatorio. Ellos y ellas, ya sea por una guerra civil, un desastre natural, una catastrófica crisis económica o una persecución motivada por aspectos religiosos, étnicos o políticos, se encuentran fuera de su país de origen o de residencia permanente. A esta complicada situación se le suma la imposibilidad de reclamar la protección o asistencia a su país, que, en muchos de los casos además de no poder brindar alguna ayuda material, es el máximo responsable del desplazamiento forzado.

Este problema, cotidiano desde la independencia de los jóvenes estados asiáticos y africanos del siglo pasado, ha puesto en jaque las condiciones humanitarias no solo de los más de 25,9 millones de refugiados que calculó el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en el último año; sino también a los países receptores, que dentro de sus territorios tienen ciudades enteras de desplazados viviendo en condiciones infrahumanas. Ellos, cuando migran a algún país fronterizo por una o varias de las causas ya mencionadas, son llevados a los campos de refugiados. Estos lugares financiados y controlados por los gobiernos receptores, la ACNUR y las ONGs, se pensaron como una solución temporal para recibir a los desplazados mientras la situación en sus países de origen mejoraba. Su construcción, hecha de forma rápida e improvisada, se diseño para satisfacer las necesidades inmediatas de sus huéspedes por cortos periodos de tiempos. Pero, como pasa con muchas de las políticas y decisiones de la punta piramidal de los gobiernos de turno, no se implementaron medidas a largo plazo y mucho menos se generaron garantías ya sea de retorno o de residencia a los refugiados en otros territorios.

El resultado fatal es el confinamiento forzado de millones de familias que, ni pueden regresar a su país, y tampoco cruzar las fronteras para establecerse en otro territorio. Uno de los casos más críticos y representativos en la actualidad se presenta en el campo de refugiados de Kutupalong (Bangladés). Creado en 1992 por la gestión de la ACNUR y el control del Gobierno de Bangladés, este complejo de 27 campos de refugiados alberga en su gran mayoría a miembros de la comunidad musulmana de los Rohinyá. Esta etnia proveniente de Birmania, un país con población mayoritariamente budista, huye del genocidio y la limpieza étnica efectuada por los grupos extremistas budistas y las Fuerzas Militares Birmanas.

A partir del 2017, con 912.373 refugiados, Kutupalong se convirtió en uno de los campos de refugiados más grandes del mundo. Esa venida en masa de desplazados durante los últimos cuatro años se debe principalmente a la explosiva huida de los Rohinyá – también llamados el pueblo sin país- a causa del genocidio y la intensificación de la persecución a los musulmanes en Birmania desde finales del 2016. En este, al igual que en la mayoría de campos en el mundo, los refugiados pueden acceder a algunas instituciones educativas, puestos de salud, centrales de distribución de alimentos y servicios sanitarios básicos, pero, ante la avalancha de personas estos servicios resultan ser más que insuficientes.

Imaginen vivir en una ciudad con más habitantes que Lisboa, Suba Lisboa, Bucaramanga o Pereira en la que casi todas las casas son de una sola planta y están hechas de latas y bambú. Además de eso que este propensa a inundaciones, expuesta a plagas, con condiciones antihigiénicas en sus calles, con la mitad de los niños sufriendo de anemia y la otra mitad en condiciones de desnutrición grave. Como si fuera poco, hay que agregarle el acceso limitado a intermitente a servicios como el agua potable, la electricidad, el acueducto y el gas natural. De hecho, como dato curioso, en Kutupalong solo para labores de cocina se utilizan diariamente más de 700 toneladas de madera.
A esto se le suma el continuo arribo de más refugiados, los cuales llegan a compartir vecindario con familias que han vivido sus tres últimas generaciones en esos campos. Sí, se han repetido varios casos en este y en otros campos como los de Dadaab (Kenia), Kakuma (Kenia) y Bojador – Tinduf (Argelia) en los que la abuela que tuvo a su hija en el campo, años después ve el nacimiento de su nieta, la cual, ni siquiera va a tener garantías en el corto plazo de una nacionalidad y residencia permanente, un cese de hostilidades y conflictos en su lugar de origen y unas condiciones dignas de vida.

Por cuenta de esta pandemia, inédita en la historia reciente de la humanidad, van saliendo a flote los desequilibrios sociales, los catastróficos errores políticos -véase Donald Trump, Jair Bolsonaro e Iván Duque- y las desigualdades económicas entre clases y países que antes pasaban más desapercibidas; pero entonces ¿la humanidad cuando va a lograr superar esta contingencia? ¿Cuál va a ser el futuro de los refugiados? ¿Qué va a pasar con los campos durante y después de la tormenta? ¿Vendrá la calma?. Si en tiempos “normales” estos lugares no contaban con unas condiciones higiénicas y sanitarias adecuadas para el cuidado personal, ahora, en una situación terrorífica parecida a la que está pasando la población carcelaria en Colombia, los refugiados sin estas herramientas para combatir el virus se encuentran en un altísimo riesgo de muerte. La llegada de desplazados provenientes de países violentos y cada día más contagiados sigue. Así mismo, la aplicación de pruebas masivas de detección del virus en términos logísticos y prácticos dentro de los campos resulta ser tarea imposible, los puestos de salud carecen de unidades de cuidados intensivos y los países receptores no cuentan con los sistemas de salud adecuados ni siquiera para sus connacionales.

Las probabilidades de una mortandad masiva de refugiados por cuenta del COVID-19 es alta, pero así se logre encontrar una solución definitiva a este virus -abusando un poco del optimismo-, si no se efectúan acciones urgentes a favor de los refugiados a mediano y largo plazo, el confinamiento, la pobreza, el hambre y la muerte van a perseguir por varias generaciones más a todos aquellos que sobrevivirán a la pandemia del Siglo XXI.

A un Metro del orgullo

Imagen tomada de: https://bit.ly/3a7uWXi

Hace unos cuantos días se desató una polémica en redes sociales, un tuitero se atrevió a realizar una crítica a la infraestructura nacional, poniendo como referencia el tesoro más preciado de los antioqueños: el Metro de Medellín. Las reacciones no se hicieron esperar, inmediatamente cientos de internautas comenzaron a criticar el tuit de Jorge Andrés Tabares, y hasta la misma página de Twitter del Metro de Medellín respondió al comentario de Jorge, donde demostraron que no comprendieron la esencia del tuit y que además, instó a sus seguidores a promover la tendencia #SpamDeFotosEnElMetro, y sí, muy bonita la tendencia, las fotos muy bellas, pero reflexionemos sobre la crítica que se hace. No nos quedemos con el sensacionalismo y el orgullo chimbo de ser la única ciudad del país con tener un medio de transporte “medio” decente.

Lo cierto, es que tanto el comunicador encargado de las redes sociales del metro y muchos internautas, sacaron de contexto el tuit y la crítica, ya que es evidentemente y cualquier persona que se dedique a estudiar el lenguaje, entendería que la crítica del tuitero estaba encaminada a la infraestructura nacional (no al Metro), pues como él mismo relata, en 20 años no han podido construir otro sistema de transporte equiparable en Colombia, demostrando el gran retraso que se tiene en la infraestructura nacional.

La polémica desatada y las mal interpretaciones hechas, demuestran nuevamente que el orgullo que sienten (y tienen) algunos paisas por su sistema de transporte, está basado en la plasticidad y en la ceguera, pues este les rememora esa supuesta “cultura paisa” basada en la pujanza, “verraquera” y espíritu emprendedor, que no es más que caer en la falacia de la “raza paisa”, la cual no existe y que de no ser por el Gobierno Nacional de la época (1980) y sus aprobaciones, el metro no habría sido posible. Es importante reconocer que el Metro de Medellín es vital para la movilidad de la ciudad y que no es posible imaginar a Medellín sin su sistema de transporte por las facilidades que le brinda a quienes lo usan, pero hay que corregir esos sentimientos absurdos de exclusividad, por ser tristemente la única ciudad del país en tener Metro, y el de ser insuperables, por eso de que en Medellín cada vez hay más obras, se invierte constantemente en el metro y avanza a grandes pasos. Diría yo, que tan mencionado orgullo no tiene fundamento de comparación al referirnos a otras ciudades del país, pues en Colombia no hay otro sistema de transporte igual con el cual compararse y poder decir que realmente el Metro de Medellín es el mejor, y con esto respondo a esas discusiones ridículas de redes sociales donde Medellín es la Gran ciudad de Colombia. Resulta frustrante que esta ciudad no sea capaz de autocriticarse y reflexionarse y peor, que vea la crítica como algo negativo, ejemplo de ello, el comentario de Jorge en Twitter y sus respuestas, ya que es evidente que la Empresa de Transporte Masivo del Valle de Aburrá. Metro de Medellín LTDA no se puede criticar y que resulta bastante sensible para nosotros los antioqueños, así funcione bien o funcione mal.

No medellinenses, tener un metro (y sus complementarios) no es un privilegio y no habla de la verraquera de estas tierras ni dice nada sobre la mentira infundada de que somos una raza. Prestarle un sistema de movilidad a los ciudadanos es una obligación política y de Estado, similar al servicio de recolección de basuras, un aceptable estado de las calles, alta calidad de aire o parques recreativos, entre muchos otros servicios. La responsabilidad de ofrecer movilidad eficiente es un deber y le corresponde enteramente al estado y a las administraciones locales establecer planes que mejoren constantemente la forma en la que los habitantes del país se movilizan.

Colombia, entre muchas otras cosas ocupa la cuarta economía de América latina y no ha podido saldar su deuda en infraestructura nacional debido a la corrupción presente hasta en sus mismos ciudadanos. El Metro de Bogotá es una deuda gigantesca, no para esa ciudad, si no para el país entero; y me atreveré a ir más allá, ya es hora de ir pensando en el Metro de Cali y en sistemas de transporte multimodal en muchas otras ciudades del país (Tranvías y Cabinas Aéreas o Metro Cables), además de establecer las conexiones viales y ferroviarias para el progreso del país, y no, no es un simple lujo, es una necesidad y una deuda de la clase política dirigente.  

En el año 2006, en Venezuela, en pleno gobierno socialista se inauguraron tres sistemas de metro en ciudades mucho más pequeñas que Bogotá y Cali, ¿y en la Colombia capitalista? México cuenta con otros tres sistemas. Ciudades con muchos millones menos de habitantes como Santo Domingo (República Dominicana), o San Juan (Puerto Rico), cuentan con sistemas de metro. En Ecuador ya se adelantan construcciones del Metro de Quito y del tranvía de Cuenca, una ciudad con apenas unos 400.000 habitantes.

Es importante entonces reflexionar sobre movilidad y dejar de pensar en el transporte público como un servicio privado en el cual el Estado tiene poca injerencia. Actualmente en nuestras ciudades la movilidad es fundamental para el desarrollo de la población, además de ser parte importante en la economía del país, pues permite a los ciudadanos llegar a sus lugares de trabajo, asistir a eventos culturales, educarse y acceder a los bienes y servicios a los cuales tenemos derecho por el pago de nuestros impuestos. Insto a que exijamos la construcción de sistemas de transporte eficientes. Estos sistemas no son un regalo, son un deber, la movilidad y los sistemas de transporte son un derecho, el cual el Estado debe brindarle a todos los habitantes de Colombia. E invito a que seamos capaces autocriticarnos y de no perder la cabeza cuando nos obligan a reflexionar sobre algo que es evidente pero que nuestro ceguedad no nos permite ver.   

A la mierda los hijos

Imagen tomada de: https://bit.ly/2Oq8Xjs

Tengo una hija y un hijo biológicos, una hija putativa, al menos tres ahijados, cientos de estudiantes, con muchos de los cuales aún estoy en contacto y muchos amigos, amigas y amigues jóvenes, en especial activistas, artistas, escritores y gente LGBTI. A mis 51 años tengo el privilegio de tener una buena interlocución con mucha gente joven.

Uno de los elementos comunes de todos estos jóvenes es que la mayoría han decidido que no van a tener hijos. Antes de tener mis hijos nunca me pregunté si quería o no tenerlos, si tenía que hacerlo. Crecí pensando que era algo tan natural que nunca me lo cuestioné.

“El miedo de la impotencia dura hasta que llega el susto del aborto”, me dijo un amigo cuando le conté que mi novia tenía un retraso. Creo que fue la primera vez que pensé en serio en la posibilidad de ser padre.

“Hay que hacer un análisis costo beneficio”, me dijo otro amigo, mucho tiempo después, cuando mi compañera y yo habíamos decidido tener un bebé.

Mi amigo y su pareja tenían una niña que ya iba a cumplir su primer año. Me hizo una larga lista de las cosas que iba perder por tener un hijo. No poder ir a cine cada vez que quisiera era una de las más dolorosas, tener que cambiar mis patrones de sueño y estar listo a levantarme en cualquier momento de la noche era una de las más retadoras, tal vez nunca lo logré del todo; pero la lista era mucho más larga, larguísima. Trabajar para comprar todo lo que un hijo necesita, por al menos 20 años, vivir preocupado por lo que hace, comer lo que les gusta a los hijos, pero al tiempo cambiar los hábitos para que aprendan a comer mejor que uno. Y más, mucho más, buena parte de la vida de uno (por no decir toda) se centra en darle a los hijos lo que necesitan o lo que uno cree que necesitan. Y ahora, viéndolo en perspectiva, me doy cuenta de que mi amigo se quedó corto.

La lista de lo que se gana al tener un hijo era mucho más corta, cortiquita. Qué le digan a uno papá, sonrisas, abrazos, garabatos, no mucho más.

“Pero valdrá la pena”, dijo mi amigo con una amplia sonrisa. También se quedó corto. Claro que ha valido la pena, tener hijos es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida.

Y no es que haya sido fácil. La zozobra de tener un bebé enfermo es abrumadora, no sé si es peor cuando llora todo el tiempo o cuando se queda quieto y callado por horas, ni siquiera es capaz de explicar qué le duele o cómo se siente, es desesperante. Claro que cuando crecen un poco, la cosa se pone peor. La angustia de saber que a mi hijo lo atracaron, o llegar al hospital con mi hija desmayada por una intoxicación etílica, o saber que a mi hijo lo golpearon en una riña en un bar. Y lo peor, descubrir que han llegado esas etapas en las que no quieren saber de uno, en las que ellos sienten que me odian, se avergüenzan de su padre, de sus ideas, de sus gustos, de sus procesos.

Con todo eso, valió la pena, no me arrepiento ni por un instante de tener mis hijos. Me han dado razones para vivir los últimos 27 años, me han enseñado tanto.

Definitivamente, lo más importante entre tantas cosas que he aprendido con mis hijos es aprender a amar. A amar de verdad. A amar sin esperar nada a cambio, a amar por amar, sin justificación, sin intereses adicionales.

Aprendí a amar a mis hijos para que sean libres, para que sean lo que ellos quieran, para que sean felices. Tengo clarísimo que mis hijos no son una inversión, ni un proyecto del que yo personalmente vaya a sacar algo. Todo lo que hago por ellos es para ellos y no necesito ninguna retribución.

Por eso mismo aprendí que mi vida depende únicamente de mí, que soy responsable de mi futuro, de mis metas. No en una lógica de “sálvese quién pueda”, sino en una profunda comprensión de la solidaridad.

Durante los peores momentos de mi cáncer, que me diagnosticaron a comienzos de este año, mi hija se convirtió en mi “adulto responsable” y si no fuera por su gestión probablemente yo no estaría con vida; pero así como ha tenido el cariño de estar conmigo en los momentos más duros, tiene la fortaleza y la claridad para decirme las cosas sin censura cuando no está de acuerdo con lo que hago, que es muy frecuentemente.

“Ese error que tú cometiste, no lo voy a repetir yo”, fustiga la hija a una de mis amigas. “Con lo que gastas en mí podrías viajar, tener mejor ropa, hacer muchas cosas chéveres. Tener hijos es un pésimo negocio”.

Y es completamente cierto.  Si lo que uno quiere es hacerse millonario no puede dedicarse a tener hijos y si los tiene, no puede dedicarse a ellos. Pagará porque alguien más los cuide, los críe, los eduque. De hecho, los libros, cursos y manuales de exitismo siempre recuerdan que uno no puede andar perdiendo el valioso tiempo que debería dedicar a hacer plata en cosas como cultivar flores, escribir poemas o cuidar los hijos.

Los hijos son un pésimo negocio, porque no son un negocio. Los hijos son familia, son trascendencia, son amor. Dejar de tenerlos por lo que cuestan es simplemente una disculpa, burdamente disfrazada de economicismo, a una profunda mezquindad.

“El planeta está súper poblado, es irresponsable tener hijos” dice, no sin razón, alguno de mis jóvenes amigos. Es cierto que la población mundial ha crecido de una manera exponencial, principalmente en las últimas décadas. Las personas que han nacido desde la época en que tuve a mis hijos, en los noventas, hasta hoy, son tantas como toda la humanidad un siglo antes.

“La huella ambiental siempre es más alta cuando se tienen hijos”, refuerza otro joven. Eso depende, pienso yo. Si abstenerse de tener hijos implica fomentar los hogares de una sola persona con más comodidades, mejor espacio y más consumo, los potentes argumentos ambientales se convierten en una disculpa, que intenta tapar, de una manera más elegante, la misma idea egoísta de no querer compartir con nadie lo que se tiene. Vivir en pareja, en familia, en comunidad, compartir el espacio, el carro, el alimento, las cuentas no sólo hace que los gastos sean menores, también disminuye la huella ambiental, el impacto que cada persona tiene sobre el planeta.

“No tengo hijos, pero tengo una o varias o muchas mascotas”, me han argumentado varias personas. Y con frecuencia se han molestado porque les digo que no tiene nada que ver. Está muy bien tener mascotas, entiendo el profundo cariño que genera un animalito, creo que es un gran aporte de muchos jóvenes insistir en el respeto profundo a toda forma de vida. Pero, no creo que la relación con los animales se pueda, ni se deba humanizar. Los animales son seres sintientes, son inteligentes, son sociables, pero no son humanos, ni equivalentes en todo sentido a nosotros. Eso no quiere decir que los humanos seamos mejores o peores, pero somos diferentes, específicos. Tenemos definitivamente cosas terribles, que se entienden como tales en la medida que somos humanos. Igual pasa con nuestras cosas más sublimes.

“Entre más conozco a los seres humanos, más quiero a mi perro” dijo algún pensador y ese profundo aforismo es ahora un meme más de la red. Una justificación de un profundo antihumanismo que desprecia a la humanidad, pero adora a yo, al individuo, como si “yo” no hiciera parte de “la gente”. Espero en otro momento profundizar en lo ilógico de las posturas que igualan a los humanos con los otros animales, pero esa es otra discusión, La forma en que tratamos a los animales es muestra de nuestra humanidad, pero nuestra capacidad de relacionarnos con otros seres humanos es la prueba definitiva.

“Porque no (o porque sí), no son razones válidas” solía repetirles yo a mis hijos. Ahora pienso qué es tal vez no tener hijos “por que no”, por que no se quiere, es una mejor razón, que los argumentos retorcidos que suelo escuchar en muchas personas. Al fin y al cabo, mi generación (o por lo menos yo) tuvimos hijos “porque sí”, porque nunca llegó a cuestionárselo, porque nunca sintió que fuera una opción o un derecho. Es maravilloso que los jóvenes hoy puedan entenderlo así, como un derecho.

Esos argumentos me recuerdan la pobreza argumental y sentimental en la que están algunas adolescentes que se embarazan a temprana edad. Algunas porque quieren ser reconocidas como grandes, como independientes, otras porque quieren tener alguien que les quiera y una más porque creen que así conseguirán un marido.

A pesar que llevamos décadas en que el discurso de la planeación familiar y la paternidad/maternidad responsable, la mayor parte de los seres humanos somos consecuencia de una situación fortuita de un accidente.

Decidir tener o no hijos debería ser una decisión intencionada, que busque lo mejor para uno, para la humanidad, para su comunidad, más allá de las razones del egoísmo y la mezquindad, por encima de los discursos políticamente correctos que esconden el miedo a enfrentar el amor y el desafío de la vida, la vida en lo real y no en abstracto.

Tal vez el miedo a que los jóvenes no tengan hijos me dure hasta que tenga que enfrentar el susto de ser abuelo. Tal vez en mi propia mezquindad tampoco quiera sentirme un anciano, un abuelito. Pero creo que es importante dar este debate más allá de las poses intelectuales y las justificaciones superfluas.

Los Pseudo-pro-vida

 

Manifestantes provida en Neuquén – Argentina.
Imagen tomada de : https://bit.ly/2NtwJdX

Es importante clarificar que aquí no se expondrán posturas a favor o en contra del aborto. La reflexión va en torno a la doble moral, o mejor, falsa moral que muchos activistas, los cuales llamo pseudo-pro-vida, practican. Deseo evidenciar cómo estas personas, siendo o no religiosas, continuamente violentan su gran premisa.

Existe la necesidad constante en ellos de autodefinirse, etiquetarse u otorgarse títulos que muchas veces no son meritorios con el fin de que sus posturas o ideologías suenen más estructuradas e impactantes en la sociedad. Empecemos con su término de autodenominación “pro-vida”, realizando una búsqueda rápida del término en internet se encuentran definiciones en torno a lo mismo y las cuales se pueden simplificar: son anti-aborto. El punto es que se ha realizado un empoderamiento descarado del término y del concepto ‘vida’ por parte de estos movimientos, que además le agregan el prefijo ‘pro’ (a favor de), pretendiendo de esta manera mostrarse como los grandes defensores del universo. Lo cierto es que el término pro-vida suena bastante romántico porque, ¿quién habría de estar en contra de la vida?, ¿de la naturaleza?, ¿de los animales?. Así es, está en la misma génesis del hombre proteger su vida y su existencia.

Tristemente, esa premisa de autodefinición ‘pro-vida’, considero que tiene un mal uso de su significante, representa ahora a ese grupo de personas quienes poseen valores morales y que no tienen nada que ver con proteger la vida, la gente viva o los ya nacidos, sino que enfocan todos sus esfuerzos y gastan todas sus energías en la defensa de fetos no nacidos, excluyendo cualquier otra consideración.

En Colombia este movimiento tiene miles de simpatizantes, desde el espectro político, pasando por el religioso y obviamente en el espectro civil, algunos hipócritamente asisten a actos de barbarie en corridas de toros, no sólo políticos, también sacerdotes que disfrutan de la tauromaquia. Pero lo más triste, es ver la red llena de comentarios disparatados por parte de muchos simpatizantes y políticos autodefinidos pro-vida, festejando la muerte de jóvenes guerrilleros. Si en realidad fueran defensores acérrimos de la vida marcharían también en contra de las corridas de toros, harían plantones y vigilias en rechazo al asesinato de nuestra juventud y alzarían su voz de protesta por los daños ambientales y la destrucción de nuestros campos, porque allí también hay vida.

Muchos a quienes conozco marchan anualmente por la defensa de la “vida”, son los mismos que curiosamente ‘aplauden la muerte violenta de cualquiera, por malvado que sea’ el jefe del combo o el asesino de alguno de sus familiares. No hay coherencia en la defensa de la vida. No es pro-vida quien solo defiende un feto, no lo es, ni lo será. Somos una sociedad profundamente enferma que justifica la muerte de jóvenes en las comunas de Medellín, cuando después de salir de misa de doce del mediodía un domingo, se escucha en el atrio de la Iglesia decir: “Quién sabe qué hizo, en algo raro debía andar” en referencia al joven asesinado la noche anterior en el barrio. Si Medellín es una ciudad tan creyente, que se reconoce dentro de los valores católicos y tan defensora de la vida en marchas con gran número de asistentes, ¿por qué se justifica el asesinato de un adolescente? justificación que viene de esos mismos asistentes a la ‘marcha por lo vida’ o mejor a la ‘marcha anti-aborto’.

Por lo anterior, es claro que ser pro-vida no es salir a marchar a defender un feto, simples e incoherentes quienes así lo hacen. Continuamente en esta marcha se ven avisos en los que se leen palabras como ‘asesina’, en referencia a una mujer que se practicó un aborto clandestino. Dentro de este movimiento se tiene una fascinación por la defensa del feto desde el primer día de su concepción, y lo seguirán defendiendo hasta el día de su nacimiento, una vez nacido, su vida ya no importa, pasa a un segundo plano y se entra a defender otro feto, hasta que nazca, para olvidarse nuevamente de ese otro sujeto nacido, y así sucesivamente por los siglos de los siglos, amén. ¿Qué pasa entonces con los problemas de salud pública que hay en el país por la cantidad de nacimientos?, ¿qué pasa entonces con los niños abandonados en orfanatos, familias que viven en precarias condiciones y niños que se mueren diariamente de hambre? Se los dejan al estado colombiano, los grandes defensores del universo (los pseudo-pro-vida) no están en el espectro participativo.

Si realmente estuvieran preocupados por la “vida” y no sólo por el feto y les importara tanto la vida de ese feto que se convertirá en ciudadano, entonces se dedicarían belicosamente a garantizar que los niños tuvieran una adecuada alimentación y en las cantidades óptimas, una educación justa y un lugar digno para vivir. Infortunadamente ya que las preocupaciones de los pseudo-pro-vida terminan en el momento en el que el feto se convierte en ciudadano, instan a la sociedad al error y a que se vinculen a ellos sin otro argumento que estar en contra del aborto, pues no son provida, son pro-feto, la verdadera defensa de la vida no está presente en su activismo.

El humorista estadounidense George Carlin comparte bastante bien mi posición frente a estos pseudos: “Estos conservadores son increíbles, están a favor de los “no nacidos”, harían cualquier cosa por ellos, pero una vez que naces, estás solo. Los conservadores “pro-vida” están obsesionados con el feto hasta los nueve meses, pero después no quieren oír ni saber nada de ti. Ni guarderías, ni comida en la escuela, ni sanidad gratis, nada. Si eres prenatal estás bien, si eres pre-escolar estás jodido (…) No son “provida”, ¿sabe lo que son? son antimujer. Tan simple como eso. No les gustan las mujeres. Piensan que la función de una mujer es ser una yegua que cría para el Estado”.

No podemos permitir que se sigan apoderando de la palabra ‘vida’ para defender un feto y tildar de anti-vida o de asesinos a quienes no lo hacen. Es nuestro compromiso destruir esas falsas pretensiones de los pseudos que se dicen pro-vida basados en su oposición al aborto. No son pro-vida, si lo fueran patrocinarían programas de alimentación, de educación y orfanatos en vez de vanagloriarse anualmente en las calles de ser los defensores del universo. Debemos entender que el estado necesita regular la natalidad, y ya sea con aborto legal o sin él, es nuestra obligación como ciudadanos y amantes de la vida garantizar los mínimos básicos para que todo ser humano y ciudadano pueda vivir dignamente, ese es el verdadero movimiento a favor de la vida.

 

Medellín: Entre Putas y Disputas

¡Oh mi amada Medellín, ciudad que amo, en la que he sufrido, en la que tanto muero! Mi pensamiento se hizo trágico entre tus altas montañas, y ahora más que incierto, irremediablemente confuso entre tus restaurantes de cinco estrellas que sirven bandeja paisa vegetariana, y tus hostales high class que cambiaron la Rumba Aeróbica por clases de Yoga y Crossfit.

Entre mis más grandes defectos se cuentan no saber recortar, pintar con colores y ser puta. Muy puta e igualmente feminista, cruces todas que cargo junto a los condones Trojan, el libro de Gonzalo Arango, y un vaporizador que nunca uso pero me hace sentir muy elegante. Con todo esto, cuelga mi cartera bajo la mesa que mi cliente reservó con tres días de anticipación en uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad, esperando que con la cantidad adecuada del vino correcto logrará sacarme un par de besos en la boca, que bien sabe, no están incluidos en mi servicio.

Durante toda la cena no dejo de observar el cartel de la campaña “No to the sex tourist, no me canso de admirar la creatividad del que decidió poner un stiletto pisando una chancleta, y pienso que me encantaría usar esa imagen para promover mi burdel si consigo montar uno. La señal está colgada en la puerta del mismo restaurante donde por meses los empleados me han recibido con la mayor amabilidad, ya conocen mis platos favoritos y siempre al despedirme me motivan a seguir trayendo a mis clientes.

La ironía, sin embargo, no es tan obvia en este restaurante como en los demás locales, bares, discotecas, y negocios de comida rápida, donde el mismo cartel, cada vez que se cae lo vuelve a colgar una mesera de dieciocho a veinte años vistiendo el uniforme oficial de la honorable compañía: booty shorts, o una minifalda más pequeña que el trapo con el que limpia las mesas, y un top del mismo tamaño, si tiene suerte, la tela no se transparenta demasiado, y su jefe le ha recomendado nunca asistir al trabajo sin maquillarse o arreglarse el cabello y le ha pedido el favor de tratar a los clientes, en especial a los extranjeros, “con la calidez y la picardía que caracterizan a la mujer paisa”. Todo esto, durante ocho horas, seis días a la semana, por un sueldo básico, una carga laboral que mi inteligencia no me deja entender, y mi feminismo no me permitiría soportar .

Esta mesera no es una mujer con un nombre propio, es una idea de mesera, de impulsadora, de modelo de protocolo, de vendedora, de recepcionista, de aseadora, de cajera, un concepto que se repite en cada negocio de la zona. Esta chica tan seductora adquiere un rostro nuevo cada que llega a los treinta y se le empiezan a caer los encantos “que caracterizan a la mujer paisa”, cada que se hace lo suficientemente madura como para no permitir las caricias y los roces indebidos de los clientes más atrevidos, cada vez que cambia la inocente y excitante expresión de incomodidad y vulnerabilidad cuando le miran el escote, por una voz fuerte de reclamo o Dios no lo quiera, una cachetada en la cara del abusivo, cada vez que le tiene que correr el botón a los booty shorts  porque subió de peso y que se niega a sonreír ante las insinuaciones sexuales y las actitudes tan exageradamente machistas y obviamente violentas que la rodean, ahí llega entonces el famoso “recorte de personal”.

¿A qué jugás entonces, Medellín? ¡Mi amada Medellín! Que querés vender a tantas, que presionás a tantas otras y permitís tantos abusos a cambio de unos cuantos dólares, que nos negás a nosotras, las que si vendemos esos y otros encantos, a voluntad y con inteligencia, y nos hacés sentir culpables. Los confundís a ellos, poniendo en los anuncios tetas, culos, labios, y ofreciendo descaradamente “la belleza” de tus mujeres como si de una artesanía, un chicharrón o un tiquete más de metrocable se tratara, y les decís al mismo tiempo que no vengan a buscar lo que vos misma ofrecés como atractivo.

Incapaz como he sido siempre de guardarme la rabia, obligo a mi cliente a escuchar mi disertación sobre prostitución, turismo, y patriarcado por casi media hora, y me lamento por no tener un nivel de inglés suficiente para explicarle con detalle mi descontento, como si este pobre señor, que lo tiene todo y no entiende nada, pudiera hacer algo por nosotras; contrario a lo que se pensaría, él no se aburre, me llena de halagos, dice que soy inteligente y estoy más bella que nunca, y me siento más segura, más satisfecha, más tranquila, de lo que creo que se siente ser esas otras chicas.

Yo, por lo menos, tengo la certeza de que con el pago de esta noche alcanzo a cubrir el arriendo, y él, tan respetuoso como es, solo llegará hasta donde yo se lo permita, cerramos una cena perfecta con un postre perfecto y un par de plones al vaporizador, juntos concluimos que si yo tuviera un burdel sería el mejor de todos.

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