Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comienza

Los relatos de la guerra

Hace un par de meses inicié una maestría en Escrituras Creativas. Su fin básicamente es aprender la técnica y parte de la historia de la literatura para poder producir textos, no espléndidos, pero al menos decentes. Mi título profesional de Ingeniero me producía cierto temor al empezar, ya que esperaba encontrarme con literatos, filósofos, comunicadores y personas familiarizadas con el mundo de las letras. Desde las primeras clases me di cuenta que me había equivocado: en la maestría confluyen una gran cantidad de profesiones. Psicólogos, abogados, politólogos y hasta agentes bancarios. Al iniciar el semestre tuvimos las presentaciones usuales, respondiendo preguntas sobre quiénes éramos y el porqué estábamos allí. En varias intervenciones escuché a compañeros decir que querían narrar historias del conflicto armado, principalmente la historia de las víctimas. Al escuchar aquello pensaba: “¿Otra historia del conflicto?, ¿otra narración más sobre ese tema?”. Algo similar a aquella idea sobre las novelas y películas de narcos, aunque las historias de la guerrilla o el paramilitarismo no han sido explotadas a tal punto, sino que en su mayoría son documentales. No había tenido la oportunidad de reflexionar sobre el tema, descubrí entonces que tenía un sesgo al pensar que las historias del conflicto armado en el país eran muchas, o que era un tema repetitivo que no ha parado nunca, incluso después del proceso de paz. Otra cosa pasaría luego.

Tiempo después leí El Atajo de Mery Yolanda Sánchez (Himpar Editores 2014). Un relato en prosa combinado con poesía, en el que Mery Yolanda narra su travesía a través de zonas rojas de Colombia, desempeñando un trabajo del Ministerio de Cultura realizando talleres de promoción de lectura en las bibliotecas públicas de aquellas zonas (que no son muchas pero existen). Sin opinar sobre las situaciones, el viaje a través de la Colombia profunda, con un dolor de oído, con una misión, entre metralletas y viajes por caudalosos ríos, la historia nos llega a la médula, nos muestra ese día a día fuera de las capitales, esa verdad innegable que es el país, que nos hace pensar que siempre será así porque siempre ha sido así. Esta fue la primera historia que me llegó del conflicto que me mostraba una lectura y una manera de contarlo diferente. 

El Atajo de Mery Yolanda Sanchez. – Himpar Editores 2014

Luego vino Labio de iebre, obra de teatro escrita y dirigida por Fabio Rubiano, en el teatro Petra. Esta obra lleva 6 años en escena y sigue dejándonos un hoyo en el pecho por su fuerza y la situación en la que pone al espectador. Casi como en los fantasmas de las navidades pasadas que asediaban a Ebenezer Scrooge; la obra muestra un camino hacía el perdón, empujado por la venganza de la culpa y la conciencia, que sufre Salvo Castello, un ex paramilitar ahora expatriado y cobijado bajo una ley de reparación. Hay una parte fantástica muy fuerte que mueve toda la historia, pero cada parte de ella viene de una realidad pura. La guerra, las víctimas y los ejecutores están retratados más allá de la actuación. El dolor que transmite Marcela Valencia, con una gran actuación, en su papel de Alegría de Sosa (víctima de Salvo Castellano que la asesinó a ella y a su familia), no viene solo de ella, viene de todas las víctimas que retrata el personaje. La obra nos hace reír incómodamente, nos hace llorar en múltiples ocasiones, e igual que con el atajo nos llega a la médula.

Obra de teatro Labio de Liebre, escrita y dirigida por Fabio Rubiano. Fotografía de https://bit.ly/3kSBnFG

Ambas historias, aparte de hacerme llorar, me enseñaron algo valioso que no había entendido hasta ahora: no todas las historias de la guerra son iguales y todas merecen ser contadas. No importa si es relato, un testimonio, una obra de teatro, una escultura o una casa (como la casita del terror en San Carlos), un museo de la memoria (como el Salón del nunca más en Granada Antioquia o el Museo Casa de la Memoria de Medellín, el Centro Nacional de Memoria Histórica en Bogotá), todas estas formas muestran una realidad a la que nos hemos acostumbrado, pero ya no vemos, ahora ignoramos. Las historias de la guerra nos acompañan y acompañarán porque son nuestra memoria,  porque siempre habrá una víctima o un testigo que seguirá contándolas hasta que las cosas cambien. 

EL SILENCIO DE LAS ARTES

Los últimos meses en Colombia hemos presenciado situaciones convulsas que han despertado sentimientos en todos nosotros, tanto a favor como en contra de las ideas expresadas alrededor del Paro Nacional del 2021. Este suceso se ha destacado de las otras movilizaciones ciudadanas porque parece que –por fin– se ha dado una voz a todas las capas de la sociedad que estaban cansadas de tener que soportar la situación de un país a la deriva. No obstante, existe una voz que a pesar de siempre haber sido de las más fuertes y resonantes a lo largo de la historia está brillando por su ausencia: las artes. En este momento, cuando más se necesita el apoyo de las artes para generar cambios estructurales en la cultura de nuestro país, estas decidieron susurrar en lugar de generar ecos.

Ahora, es necesario ser precisos al respecto cuando hablamos de “las artes”. Si bien hemos visto expresiones artísticas a lo largo de toda la protesta social por medio de música, fotografías, pintura y performances, una gran parte de las instituciones que llevan la batuta de las artes en el país y las personas que se mueven en sus círculos han decido tomar una postura tibia e indefinida ante la situación actual; apuñalando al país y dándole la espalda a la generación de contenidos que ayuden a comprender los retos a los que nos enfrentamos cada día como la sociedad fragmentada que somos.

No ha salido el primer museo de gran formato a socializar de forma continua la situación actual de Colombia, más allá de aquel jueves 13 de mayo cuando varios museos hicieron un paro. Este paro fue un proyecto interesante que proponía convertir los discursos de los museos en algo más interactivo, poniendo al servicio de la ciudadanía sus plataformas y recursos para hacer eco de la situación alrededor del paro a nivel nacional e internacional. Todo sonaba muy bonito y comprometido, pero no pasó más de un par de días, que ni siquiera fueron una semana y estas instituciones regresaron a sus discursos políticamente correctos guardando silencio ante la situación. Resulta frustrante ver cómo muchas de estas instituciones se han quedado cortas de palabras cuando es vital la reproducción de estos espacios para acercar de nuevo a las personas a los museos y comprenderlos desde nuevas perspectivas más allá de gabinetes de curiosidades o sitios con cosas viajes y bonitas. Es necesario que los museos comiencen a ser actores políticos en la sociedad para generar empatía con cada uno de los ciudadanos que los habitan, pues de esta manera se abraza no solamente la identidad y la historia, sino también al otro que no siempre está representado en pinturas y esculturas.

Si vamos al otro lado de la balanza por fuera de las instituciones culturales, vemos que a grandes personajes de la música contemporánea como J Balvin o Shakira han mostrado su indiferencia ante la situación actual. En múltiples ocasiones el cantante paisa se ha escudado argumentando que él es solo un cantante y que, por esta razón, no tiene porque opinar sobre temas políticos. Sin embargo, el “Niño e’ Medellín” ignora que la música puede tener un mensaje político e ir más allá para ser una plataforma que despierte la empatía de otros ante una situación en particular. Nadie le va a pedir a un cantante como Balvin que haga un statement político como lo hacen bandas tipo Pussy Riot porque le faltan huevas, pero que al menos, tenga más empatía con los ciudadanos de a pie que lo vieron crecer. Y es que son muchos los casos de grandes artistas de la industria musical que han alzado su voz en momentos de crisis solidarizándose con sus países de origen; tal como fue el caso de Mon Laferte con su denuncia de los abusos de la fuerza pública de Chile o incluso el de Bad Bunny acompañando las protestas en contra del gobernador de Puerto Rico, pero para Colombia, pedirle empatía a sus artistas exitosos parece que es como pedirle peras a los olmos.

En un país donde las artes viven en los extremos de agonizar o ser opulentas, permitir que quienes llevan el dominio de los espacios que las promueven guarden silencio es ser cómplice de su indiferencia. En contextos artísticos, observar las situaciones del presente desde una perspectiva estética, significa no solo exponer lo disfuncional y absurdo de una sociedad, sino también comenzar a producir resonancias e ideas que nos conduzcan a espacios donde pensar soluciones posibles. Por dicha razón, se hace necesario repensar, cuestionar y politizar cada uno de estos lugares y personas, pues no pueden quedarse estáticos mientras desangran al país cada noche. Los óleos de Andrés de Santa María seguirán en el Museo Nacional, pero los murales que denuncian las necesidades de una sociedad son borrados rápidamente de las calles y de nuestra memoria.

Estrella madre

Ausencia y vacío parecen ser la condición común y permanente en la vida de los seres que transitan por “Estrella madre”, la última novela de Giuseppe Caputo. Sus tres personajes principales viven solos y en la pobreza más absoluta. Son seres marginados que deben estar permanentemente luchando para sobrevivir, donde sus mundos son los del abandono y la búsqueda. La imagen de la madre juega un rol fundamental en las historias que se entrecruzan a lo largo de la novela. Primero, un narrador joven, nos relata la sostenida angustia que le ocasiona la incertidumbre del regreso de su madre al pequeño y desmantelado departamento donde vive. “Mi casa está en el corazón de un edificio descascarado, más roto que la propia ciudad: más viejo, parece, que el hambre de mi madre -ella siempre está con hambre-”(26).   Ella se ha marchado para encontrar una vida mejor, tomando la decisión de dejar a su hijo que ya está grande. Sin embargo, este no puede olvidarla, pues a lo largo de todo el relato su vida se mueve, como un planeta en torno al sol, con la esperanza que ella lo llame o regrese. El deambular y la expectativa de su retorno, mantienen al hijo atento a una posible llamada por teléfono para escuchar su voz y saber donde está, puesto que sus sentimientos se balancean entre el amor(recuerdo de la madre) y la tristeza(la ausencia de ella). Es tan poderoso el sentimiento de esta ausencia, que él mismo siente que no está presente  en su propia vida, pues esta espera no lo deja seguir adelante y lo mantiene clavado a un pasado que cada vez se diluye más. 

Los otros dos personajes que están a lo largo de la narración también viven solos: Luz Bella y Madrecita. La primera ocupa el departamento de al lado y pasa el día frente al televisor, sentada en su poltrona viendo la telenovela o sencillamente observando el televisor apagado, “la pantalla es su espejo y en ella se mira para ponerse los rulos. Solamente la he visto pararse para comer o tomar agua”(24), su vida, es decir lo que realmente la motiva son las telenovelas, con las cuales se apasiona, disfruta y llora. Ella asimila esas vidas como propias, escapando así de su triste realidad, pues ellos mismo no son nada, no ocupan un lugar en la jerarquía social, como dice Zizek. Son una población cuya única batalla es conseguir algo para comer. 

Por otro lado, Madrecita es una mujer que alucina que tiene hijos y que además está embarazada de un tercero o cuarto, depende de los hijos que se le consideren. “Ida hace de su hijo a prácticamente todo lo que ve y toca: por eso le decimos Madrecita. Aparte del bebé  que hace años está por nacer, cuida a otro de edad indefinida-lo llama Albertico….de igual forma es madre de unas ollas, Dolores y Caridad”(34) Su vida es una especie de permanente locura, que a pesar de esto, le permite mantener una relación de equilibrio con sus particulares vecinos, formando un trio de amistad que se acompañan y ayudan solidariamente, pues en las vidas de los tres falta algo o alguien, una carencia que no les permite alcanzar la felicidad plena. 

En su última novela, “Estrella Madre” (Literatura Randomhouse, 2020) el talentoso escritor colombiano, Giuseppe Caputo, elabora un trabajo acerca de los desplazados, aquellos que no son vistos por la sociedad, cuyas vidas se deben mover permanentemente entre la violencia, el sufrimiento y el dolor. Una historia que nos acerca a las oscuridades y miserias de un sistema económico y global, que intenta mantener ocultos a los pobres y a aquellos que no encajan en el sistema de competencia y consumo que se ha instaurado.  Una lectura obligatoria para aquellas mentes que desean explorar lenguajes y formas narrativas diferentes, donde la literatura es el espejo roto de un mundo que se desmorona frente a nuestros ojos y que nos negamos a ver.

VENDER EL ALMA POR AMOR

Cuando uno crece en Colombia, soñar con un mejor futuro se resume en una sola palabra: emigrar. Podemos decir que lo mismo sucede en Siria, un país fragmentado de donde sus ciudadanos tratan de huir con lo poco que tienen a su alcance. Huir, emigrar o transitar, son verbos que han acompañado a la humanidad desde sus inicios hasta la llegada de otras palabras como frontera o visa. Desde entonces todo ha cambiado. Ya no se puede huir, emigrar o transitar sin tener documentos que prueben que uno se ha “ganado” ese derecho, que uno es idóneo para hacer parte a la tierra a donde va. En The Man Who Sold His Skin lo resumen con la siguiente cita:

“Vivimos en una época muy oscura donde sí eres sirio, afgano, palestino y demás, eres una persona non-grata. Se cierran las puertas.”

Jeffrey Godefroy

La premisa de la cinta es la de una migración a cualquier costo. El protagonista Sam (Yahya Mahayni) es un refugiado sirio que desear estar con la mujer que ama, pero que por cuestiones de la vida y las diferencias de clase, ésta termina mudándose a Europa en el marco de un matrimonio arreglado. Es allí cuando Sam decide hacer todo lo que pueda para ir tras ella a como dé lugar, sin importar que más allá de vender su cuerpo, deba vender también su alma. Este deseo será como abrir la caja de Pandora para él, pues desatará una serie de infortunios que lo llevarán a cuestionarse sobre su humanidad y en cierta medida sobre su valor como mercancía.

The Man Who Sold His Skin a grandes rasgos es una sufrida historia de amor contemporánea, pero que a alrededor de dicha historia, se hacen presentes otras ideas que van tomando mayor resonancia con lo que respecta al arte contemporáneo, ya que se muestra este de manera satírica, con su deseo de figurar constantemente en nuevos espacios y sus círculos decadentes que gozan de un sinnúmero de privilegios. Una élite que, con un nombre o un gesto, logran abrir un sinfín de puertas y oportunidades. Sam pasará de ser un paria a el mayor objeto de deseo para esta élite que poco a poco va consumiendo su alma y olvidando que más allá de una obra de arte, Sam es un ser humano también.

Esta deshumanización que expone la película también funciona como crítica de lo que ha llegado a ser la crisis de los migrantes sirios en Europa. Ya nadie en el viejo continente se escandaliza con los afganos, sirios o palestinos que se ahogan en las aguas del Mediterráneo, pues se han convertido en parte del paisaje al ser otra noticia más de la semana. Solo son relevantes cuando sus acciones de desesperación hacen eco en las indiferentes calles de Europa. Entonces, The Man Who Sold His Skin, no presenta algo distinto o novedoso de lo que no tuviéramos conocimiento previo, sino que logra volverlo llamativo al establecer un diálogo entre estas dos ideas: cuando el protagonista accede a vender su piel para convertirse en la obra de arte de Jeffrey Godefroi (Koen De Bouw) y la mercancía de Soraya Waldy (Monica Bellucci). Sam ya no posee una vida propia porque ha dejado de ser un humano para convertirse en un objeto apetecido por las élites que le brindan una aparente libertad de movimiento para ir a cualquier lugar y todo solo a costo de perder eso poco que poseía, su vida, su alma. De esta manera, The Man Who Sold His Skin, logra de manera formidable este dialogo entre esas dos ideas, pues nos lleva a cuestionar los límites tanto del arte en diferentes espacios y el precio que pagamos con tal de ser aceptados al momento de emigrar.

La cinta concluye de forma positiva en general, ya que a pesar de este crudo debate alrededor del arte contemporáneo y la crisis migratoria que plantea, nunca deja de ser una historia de amor. Su final feliz deja al espectador insatisfecho, como con ganas de haber ido un poco más allá, lo nos lleva a reflexionar sobre ¿qué tan dispuestos estaríamos a perder nuestra humanidad solo con el fin de alcanzar una estabilidad, tal como lo hizo Sam?

¡PUEBLO, SALVEN USTEDES LA PATRIA!

El 2022 se acerca y las voraces campañas políticas de todos los bandos empiezan a mostrar sus cartas para la contienda electoral, la cual promete avivar las tensiones que el país ha cargado durante los últimos años.

Parece que los aspirantes a ocupar la Casa de Nariño no han aprendido nada de los errores que se cometieron hace cuatro años y los que ha cometido el presidente Duque durante su administración. Cada uno de ellos quiere llegar al puesto más importante de la Nación repitiendo la misma falacia: que ellos llegarán a salvar el país.

¿Salvar de qué? Para algunos, de la “inminente llegada del socialismo”; para otros, “de las oligarquías que hunden a este país en la miseria”. Sin embargo, cada vez que llega un nuevo “salvador” al poder, éste termina convirtiéndose en un motivo para que otros cuantos quieran llegar con el mismo propósito cuatro años después.

Estos acechadores de votos juran ser la reencarnación del coronel Rondón y esperan que nosotros seamos como Simón Bolívar, poniendo la salvación de la patria en sus manos, como si de ellos dependiera nuestra vida, nuestro futuro, nuestros sueños. Como si 50 millones de almas tuviésemos que venerar a aquel al que se le imponga la bandera tricolor cruzada sobre su pecho en una ceremonia tan solemne como hipócrita en la que aplauden sólo sus aliados políticos, lamiéndose la boca de lado a lado saboreando la mermelada venidera.

Pero es que la salvación de todo un país no puede venir envuelta en un tamal, ni va ligada a un billete con la cara impresa de Gabriel García Márquez. La salvación de este país no se va a lograr a través de palabras superfluas que endulzan oídos, ni por medio de bailes ridículos en plena plaza pública repitiendo hasta el cansancio el nombre de un candidato.

Los colombianos tenemos que empezar a pensar de verdad, porque este país se salva es por medio de ideas, proyectos e incluso opiniones, que aunque sean divididas, construyen una conciencia social que permite el diálogo y las verdaderas concertaciones para hacer avanzar a toda una sociedad.

Los debates no deben darse sólo en los mismos canales de televisión, radio, prensa, ni sólo dirigido a unos pocos. Las confrontaciones ideológicas no pueden llenarse de señalamientos personales ni deberían convertirse en un concurso que intente buscar al que sonría mejor y hable con más elocuencia, como parece estar pasando. En cambio, el intercambio de ideas debería darse en toda plaza pública, todo colegio, toda universidad y todo espacio que se preste para compartir las diversas visiones de Estado que las personas proponen.

Porque sí, la política es de personas, no de figuras políticas, aunque suene contradictorio. Las personas son las que le dan vida a la política y deberían ser quienes tomen las decisiones que este país necesita, si es que queremos ser una verdadera democracia.

No podemos esperar que un personaje con ínfulas de salvador venga a arreglarnos la vida, esperando que el Estado paternalista nos dé todo lo que necesitamos y asumiendo que los únicos con voz y voto son aquellos que ostentan el poder.

La salvación de este país no puede ser una cara, un nombre, un cargo. La salvación de este país recae en 50 millones de conciencias con ganas de trabajar y salir adelante en un panorama tan oscuro del que sólo se sale con esfuerzos mancomunados.

Un país no debe buscar un mesías, ni volver caudillo a cualquier político que jure buscar lo mejor para todos, ahogando sus deseos autócratas en los discursos de campaña, sólo para llegar a gobernar como los vecinos que tanto critica. Un país se salva sólo si se quiere salvar y, para ello, todos tenemos que trabajar porque si no entendemos de qué queremos salvarnos, ¿para qué nos vamos a salvar?

Parar ya no es suficiente

Un 1° de Mayo no se espera la calma. Año tras año, previo a la manifestación llueven las preguntas: que si vamos muchos, que si vamos pocos, que si hay tropel, nos preguntamos qué van a hacer los sindicatos, dónde estarán los estudiantes, entre otras. Pero lo que hemos visto hoy es un hito para el país: marchas masivas el Día Internacional de la Clase Obrera después de tres días de manifestaciones. Manifestaciones que los medios tradicionales han querido opacar con los pocos casos de vandalismo y dando información errónea. Vimos jóvenes, viejos, mujeres embarazadas, personas del sector LGBTIQ, gente de todos los grupos sociales, más que indignados, hartos del abuso y sin miedo de protestar, porque esta no fue la típica marcha conmemorativa de cada año, este un reclamo nacido del dolor de un país víctima de atropellos históricos que están alcanzando límites inimaginables.


Una reforma tributaria en plena pandemia, en la que se han incrementando los gastos de guerra mientras las ayudas, vacunas y demás parecen no importarle al Estado. Además de ser una reforma que no soluciona el déficit fiscal sino que exprime a la clase media y baja mientras sigue otorgando beneficios a los más grandes grupos empresariales, una reforma que afecta gravemente el sector cultural, una reforma a la salud que no es clara respecto a las condiciones de los trabajadores del sector, una reforma que aumenta el IVA en productos de la canasta familiar pero se los quita al armamento militar.


Y no sólo es la reforma. Este gobierno y esta pandemia nos han dado panoramas desoladores: vendedores ambulantes siendo atacados constantemente por la policía en un momento en que no tienen cómo alimentar a sus familias, miles de pequeños empresarios en bancarrota, prostitutas que no tienen ahora una fuente de ingreso, masacres en varias partes del país, coronado todo por una noche de horror donde la fuerza pública se fue una vez más en contra de los manifestantes disparándoles con armas de fuego. Anoche en Cali asesinaron a catorce personas, entre ellas a un menor de edad. Toda esta triste lista fue el caldo de cultivo perfecto para que se rebele una generación que no tiene nada que perder.


Y es en serio que no tiene nada que perder: con la situación paupérrima en que se encuentra el trabajo, la educación pública, la seguridad, la salud y los fondos de pensiones, a los colombianos de hoy parece no temblarles la mano para alzar una pancarta o tirar una piedra donde se necesite. Ya no es necesario a seguir a un grupo sindical, esta vez no hizo falta un capucho que iniciara la revuelta, ni una organización estudiantil que dirigiera la manifestación, en las fotos vemos a la ciudadanía plena, insatisfecha y conmovida que hoy se tomaron las ciudades del país para pelear por lo que es nuestro y que el gobierno de manera descarada insiste en arrebatarnos.

5 escritoras colombianas para conocer en la cuarentena

Hoy 23 de Abril se celebra tanto el Día del Libro, como el Día del Idioma. Por esta razón, les traemos cinco libros de escritoras colombianas que nos gustaría que conocieran y que podrían ayudarles a pasar más fácil estos días de encierro durante la cuarentena.

Parra, Lina María. Llorar sobre la leche derramada. Bogotá: Animal Extinto Editorial, 2020. Impreso. 

Lina María Parra

Autora y docente antioqueña, publicó en el año 2018 su primer libro de cuentos titulado Malas posturas (Editorial Eafit), un libro donde se reflexiona entre la relación enfermedad-cuerpo a través de las visiones de la sociedad sobre lo que es saludable, correcto o bello. En este caso, su libro de cuentos Llorar sobre leche derramada, nos muestra una realidad que nos hace sentir identificados, pero que se va desdibujando en medio de la historia. Las letras de Parra nos hace saltar de lo usual del día al día a lo maravilloso o aterrador de sus historias.

Ortiz Gómez, Laura. Sofoco. Laguna Libros. 2021. Impreso

LAURA ORTIZ GÓMEZ

Esta escritora nacida en la ciudad de Bogotá, fue ganadora de la segunda edición del Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica, concurso que busca dar a conocer a autoras colombianas. Las historias de este libro llegan a ser sensoriales para los lectores, pues están llenas de lugares familiares, de imágenes fuertes y de personajes que viven más allá del papel.

Mejía, Andrea. La carretera será un final terrible. Tusquets editores. 2020.

Andrea Mejía

Mejía es una autora de la contemplación, de ver más allá de la imagen lo que encierra y puede contarnos. Su libro La carretera será un final terrible es su primera novela y en ella cuenta la historia de una mujer que intenta escribir un libro encerrada en una montaña. De su mano navegamos entre la belleza, la soledad y los recuerdos de esta mujer que intenta contarnos y también contarse para sí misma su historia.

Quintana, Pilar. Los abismos. Alfaguara. 2021. Impreso

PILAR QUINTANA

Con Los abismos, Pilar Quintana fue la ganadora del Premio Alfaguara de novela 2021. Padres conflictivos, un mundo de obligaciones de hacer y decir las cosas, otra perspectiva de lo que significa la maternidad, plantas que se nos atraviesan o nos esconden, todo narrado desde la voz de una niña, es lo que Quintana nos ofrece en esta novela.

Moreno, Marvel. El tiempo de las amazonas. Alfaguara. 2019

MARVEL MORENO

Esta novela permaneció veinticinco años inédita. Moreno dejó esta novela lista para publicar en 1994 antes de su muerte en 1995, pero su familia durante este tiempo se opuso a su publicación alegando que no estaba a la altura de su anterior novela En diciembre llegaban las brisas. Esta novela nos narra la historia de tres primas en París durante los años sesenta, marcada como es usual en las literatura de Moreno con el costo que tiene ser mujer en el mundo.

Esperamos que disfruten de ésta selección de autoras que tenemos para ustedes, para la revista El Callejón, siempre es una maravilla conocer nuevos talentos nacionales que nos sigan inspirando aún en los días más difíciles.

Eric Sadin y la batalla contra la inteligencia artificial

Sadin, Eric. La inteligencia artificial o el desafío del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical. Caja negra editores, 2020. Impreso.

No es posible hablar de inteligencia artificial, sin antes mencionar que el capitalismo se ha
consolidado a nivel global y se esconde detrás de un espejismo: el de la libertad. Durante
los últimos treinta o cuarenta años, a través de un falso discurso, ha generado una red
mundial que propende al sometimiento de los individuos, sistema que por lo demás es muy
difícil de soslayar. La construcción de este entramado político-económico cuenta con las
herramientas para destronar cualquier otra verdad, y opacar las alternativas que se
presentan frente al sistema económico que se ha propuesto expandir, un sistema que
enarbola permanentemente la libertad de las personas como fundamento de su crecimiento
y desarrollo.


Han sido capaces de globalizar un discurso que equipara crecimiento económico con
desarrollo y bienestar social, levantando las banderas de una falsa libertad, mientras engrilla
los pies de los sujetos, a través de la propagación de un estilo de vida basado en la
competencia salvaje y el eterno endeudamiento de las personas. ¿no esto lo que detonó el
“estallido social” de Chile en Octubre de 2019?¿Acaso no es la falta de libertad para
escoger otro camino, lo que nos tuvo por treinta años siguiendo el derrotero implementado
por los hijos de Pinochet y sus políticas ultra neoliberales? Y si la libertad es la bandera de
lucha de la derecha capitalista, ¿por qué existe tanto miedo y resistencia a competir en las
urnas por una nueva constitución? Y el permanente discurso de los innumerables beneficios
de la tecnologización de nuestras vidas ¿no es otra de las falacias que utiliza el capitalismo
para conculcar nuestras libertades? Todas estas preguntas saltan frente a la lectura del
último trabajo de Eric Sadin.


Ya en sus primeros dos libros “La humanidad aumentada: la administración digital del
mundo”(Caja negra editores, 2018) y “La siliconización del mundo. La irresistible
expansión del liberalismo digital”(Caja negra editores, 2018), Sadin nos advertía de las
complejidades que acarrea para la vida humana la expansión sin control de la digitalización
y la inteligencia artificial, pues es una forma de controlar otros ámbitos de la vida que
estaban quedando fuera de los ya sometidos por el capitalismo. En este sentido, no parece
arriesgado plantear, que a lo menos las dos últimas generaciones de seres humanos han
nacido y crecido bajo un proceso de sujeción capitalista y tecnológica que impide, o que
por lo menos les hace muy difícil encontrar modos de vida distintos de los que ha
escuchado y visto desde que llegaron a este mundo, entendiendo que una racionalidad
digital es mucho mejor que una humana, ya sea por su certeza y efectividad o por las
facilidades que prestaría en la vida cotidiana. Y se pregunta Sadin “¿cómo llegamos a esa
forma de narcosis y renuncia colectivos, que contribuyen a dejar el campo libre a quienes
obran encarnizadamente para instaurar una conducción automatizada de los asuntos
humanos?” (37). Una posible respuesta estaría asociada a conceptos capitalistas: eficiencia
y eficacia, exactitud de cálculo, economía, y por supuesto, intensificar lógicas productivas.

Todos estos conceptos guiaron el desarrollo del modelo chileno, que durante los últimos
treinta años se encargó de gestionar el país como una empresa, pero no de desarrollarlo en
índices relevantes a nivel social. Basta mencionar que el crecimiento con igualdad jamás se
ha logrado, y por el contrario, se ha destruido de forma persistente la educación y la salud
pública, además de convertir el sistema de pensiones en una forma de financiamiento barata
para las grandes compañías del país. Bajo el lema del “modelo no se toca”, pues generaría
una serie de inestabilidades macroeconómicas, se mantuvo durante décadas una creciente
distribución del ingreso muy injusta, la que finalmente terminó por estallar el 18 de octubre
del año 2019, pues ya no se aguantaba más la colusión del conglomerado político, con las
grandes compañías que pujaban por seguir manteniendo el modelo, basado en una
permanente explotación de amplias capas sociales, a las que mantenían en la miseria o en
permanente endeudamiento. Nunca hubo libertad para escoger otra forma de desarrollo que
no fuera la establecida por el capitalismo chileno.


En este sentido, nuestra forma de ser en el mundo contemporáneo, y la manera de
desenvolverse de los individuos, estaría total y completamente condicionada por este
sistema, donde la libertad para escoger no existe, “parodias de libertad” lo llama el escritor
argentino Alan Pauls, pues el capitalismo se ha enfocado en “Instaurar modos de existencia
cada vez más sometidos a esquemas racionales que favorecerían el apogeo de estructuras
asimétricas de poder”(39), donde la vida humana estaría completamente gobernada por un
sistema tecnológico de alcance totalizador, cuyo enfoque sería orientar las acciones
humanas, tal cual ha sido el discurso de este modelo económico, que durante décadas nos
ha encaminado hacia una sociedad que no nos entrega posibilidades de elegir, donde la
libertad se da entre alternativas que ellos mismos han propuesto. En el caso chileno, la
derecha hasta el día de hoy mantiene una campaña del miedo frente a la posibilidad de
cambiar nuestra constitución de manera libre y soberana, pues la amenaza permanente es
que nos convertiríamos en la nueva Venezuela, lo que traería aparejado el total desplome de
nuestra sociedad. Es decir, el constante uso de la violencia discursiva, que tan
profundamente ha marcado a los hombres y mujeres de nuestro país. ¿No será que los
privilegiados de siempre son los que corren riesgos de perder sus posiciones de poder?
Es inevitable, luego de la lectura del último trabajo de Sadin, no pensar que desde su
nacimiento los seres humanos “aparecen como un cuerpo instrumental” (Butler), cuya
función sería aportar para perpetuar el orden establecido, ya que todo está constituido para
la subordinación inconsciente al actual sistema económico, político y tecnológico. La
campaña política del rechazo fue un discurso que apunta a mantener este orden, pues ven en
los posibles cambios que se generen, una amenaza al injusto mundo que ellos han
construido, donde la pobreza material, pero sobre todo la cultural, ha sido su mejor aliada.
Se nos inculcó que debíamos ser emprendedores e instalarnos en el mercado para ser
exitosos, y así conseguir lo que quisiéramos. Sin embargo, el camino del emprendedorismo
no es el camino hacia libertad, sino hacia la esclavitud sistémica y financiera.


Dicho lo anterior, y en el supuesto de las múltiples alternativas para desarrollar una vida en
libertad, nos encontramos con que todos los caminos están contaminados con la lógica
tecnocapitalista. Este tipo de sometimiento, por lo tanto, configura a los sujetos para que
persistan en estas formas de desarrollo alimentando el mismo sistema, cuyas normas están
dadas desde antes que hayan nacido. “Toma forma un estatuto antropológico y ontológico
inédito que ve como la figura humana se somete a las ecuaciones de sus propios artefactos
con el objetivo prioritario de responder a intereses privados y de instaurar una organización de la sociedad en función de criterios principalmente utilitaristas”(21), nos advierte Sadin,
poniendo el énfasis en el cambio de estatuto al cual se estaría enfrentando la humanidad.
El contundente trabajo del pensador francés, nos invita a cuestionarnos por el tipo de vida
que estamos viviendo. Fomenta la reflexión y la capacidad de oponerse como sociedad a
este fenómeno de la inteligencia artificial, que supuestamente trae aparejados innumerables
beneficios. Sin embargo, la advertencia es clara, detrás de esta nueva forma de capitalismo,
el de las plataformas y el de la tecnología, se esconde un poder absoluto, aquel que busca
dominar todos los ámbitos de la vida humana. Es por esto que la reflexión de Sadin, es
absolutamente contemporánea al proceso constituyente que estamos viviendo, pues nuestra
sociedad está a punto de iniciar un giro hacia otro tipo de mundo, uno más solidario y
menos competitivo, donde las normas del mercado guíen solamente los negocios y no la
vida entera, donde la tecnología sea una herramienta y no un sistema de vida. Conciencia y
responsabilidad para tomar decisiones, y no entregar el poder constituyente a una clase
política manejada por los intereses capitalistas. La consigna de Sadin es deshacerse de los
esquemas que hasta ahora nos han regido, advirtiéndonos de pasada, que la bandera de la
libertad, enarbolada por la derecha empresarial, no es más que una falsedad para mantener
las cosas tal cual están.

Reconstruirnos

No es necesario hacer un recuento de todo lo que sucedió el año pasado para decir que éste estuvo lleno de cambios, dificultades y retos. Cualquier persona que vive en la nube de la actitud positiva diría que hay que agradecer que estamos vivos, pero lo cierto es que eso no es suficiente. El dolor de las personas que se fueron y de los sueños que se frustraron queda en nosotros, así como el virus parece también querer quedarse. Es apenas la primera semana del nuevo año y ya en Bogotá volvieron a decretar cuarentena obligatoria en tres localidades, debido al aumento de UCIs ocupadas.

Así pues, debemos preguntarnos nuevamente si debemos agradecer que estamos vivos, o debemos realmente es agradecer lo que estar vivos nos ofrece: la oportunidad de cambiar y de crear. Si tenemos la posibilidad de crear, de reconstruirnos, si tenemos esa mínima posibilidad, tenemos algo que agradecer, aunque la catástrofe nos golpee una y otra vez. De las catástrofes en Colombia tampoco hace falta hacer recuento, lo vemos a diario, lo tenemos en las narices, en el olor de la sangre que nos percude las fosas nasales todos los días. Y eso que las muertes son sólo uno de los terribles males que nos golpea, porque este gobierno se ha caracterizado por estar en contra de la población, en contra de todo lo que le pueda beneficiar o liberar. Un ejemplo de esto es el cierre de revista Arcadia, que, a principio de este año, significó un duro golpe no sólo para los columnistas que allí trabajaban, ni a los artistas a los que la revista les daba un pequeño espacio. Fue un golpe para la ciudadanía, fue quitar una voz que llegaba a las personas para hablarles de algo que en el país tanto escasea: la cultura. Y es que Arcadia se había caracterizado por hacer no solamente un recuento de libros, música o museos, la revista hacía una crítica al Estado a través de la cultura. Con la venta de la casa editorial Semana a un empresario allegado al gobierno, este paso parecía lógico, la pandemia sólo fue la excusa perfecta. Lo mismo ahora con la revista Semana, revista que gozaba de prestigio (no siempre bueno), ahora convertida en un pasquín, sin un verdadero fondo periodístico. Un medio de información vive de sus colaboradores, de sus periodistas, los cuáles revista Semana perdió casi todos en un mismo día.

Por consiguiente, y en vista de la crisis cultural que atraviesa el país con carencia de espacios que alienten a nuevas voces; en El Callejón, como revista cultural, nos proponemos el reto de transformarnos. La situación del país, del mundo y de nosotros como personas nos exige dar la cara hacía los nuevos caminos que se abren. La economía naranja no hará ningún cambio si nadie sabe realmente de qué va, si no hay espacios donde los artistas hablen, si no hay una conexión entre éstos y el público, si solamente sirve para ser una fachada discursiva que beneficia a los que ya están adentro de ella con un rol hegemónico en el medio o otras industrias externas que quieran hacer “arte y cultura” solo porque tienen los medios. La revista El Callejón ha decidido hacer un cambio por aquellos a quienes nos debemos: ustedes los lectores, por la cultura, el arte y los artistas. A partir del próximo mes cambiaremos no solo de imagen y de espacio, sino también de contenido central. Queremos ser un medio en el que cualquiera que le interese la cultura tenga una voz y un lugar, invitarle a hacer parte de la conversación y que así pueda aportar su grano de arena a la actual coyuntura que atraviesan las industrias culturales del país. La pandemia sigue quién sabe hasta cuando, pero nosotros también seguiremos.

Mientras trabajamos fuertemente por abrir este espacio para ustedes, les compartimos un playlist que refleja lo que sucedió en 2020. Un espacio en el que les invitamos a hacer una pausa para mirar atrás y aprender, para mirar atrás y poder seguir hacía adelante.

Borat 2: La secuela que necesitábamos, pero no la que esperábamos

La segunda aventura yanqui de Borat Sagdiyev, titulada como Borat, siguiente película documental: Entrega de un soborno prodigioso al régimen estadounidense para beneficiar a la alguna vez gloriosa nación de Kasajistán, fue lanzada con muchas expectativas entre quienes ya conocían al emblemático personaje y aquellos que hasta ahora lo conocen, pero no terminó de convencer.

Sacha Baron Cohen es un genio de la comedia negra y no ha perdido esa particular forma de hacer humor que lo llevó al estrellato hace más de catorce años. Sin embargo, el enfoque que ha decidido tomar en esta nueva entrega hace parecer a la película más como un panfleto antirepublicano en algunos momentos, ad portas de las elecciones en Estados Unidos, que una genuina muestra de la idiosincrasia norteamericana, como sí ocurría en la primera.

Amazon Prime Video, plataforma donde fue publicado el largometraje, ha hecho gran eco de la producción, haciéndola tendencia el día de su estreno y anunciándola en plataformas como Youtube. Incluso, hay algunos anuncios publicitarios de la cinta en estaciones de Transmilenio y en algunos otros sitios de Bogotá, lo que le ha valido también estar en el centro de las críticas por parte de simpatizantes del Partido Republicano en un momento donde los ánimos políticos están tan caldeados por la contienda electoral.

Borat 2 deja a un lado la historia de su predecesora para meter al “cuarto mejor periodista kasajo” en una situación más dramática, menos creíble y, por lo tanto, menos graciosa. Algunos chistes de esta secuela llegan a ser tan exagerados que la película pierde la esencia que tenía la primera, que era poner en situaciones genuinamente incómodas a sus interlocutores. Aunque sí se mantiene esa línea en varias escenas, en su mayoría este falso documental se llena de tanta ficción que podría llegar a confundirse con una película de Adam Sandler si se mira desprevenidamente.

Eso sí, es necesario destacar varios aspectos rescatables de la película. Primero, Baron Cohen esta vez apuntó a peces más gordos y salió tal como lo esperaba. Las participaciones de Mike Pence y Rudy Giuliani (por supuesto, sin que ellos lo supieran durante la grabación) son lo más destacable y hasta emocionante de la cinta, siendo estos los momentos más auténticos de la obra y los que más polémica atraen. Segundo, la historia se centra más en la hija de Borat y su transformación de prácticamente una esclava a una activista de los derechos de las mujeres, reivindicando el papel de ellas en la sociedad.

La actuación de la búlgara Maria Bakalova como la hija de Borat está a la altura del propio comediante, demostrando una gran capacidad de improvisación y una buena química con su coprotagonista. Es de gran mérito tener la capacidad de interpretar a un personaje tan políticamente incorrecto en tiempos como los actuales, y además es de anotar que Bakalova fue escogida por el propio Baron Cohen entre más de quinientos aspirantes al papel.

Por otro lado, los personajes secundarios tienen una mezcla de autenticidad y ficción que no terminan de encajar en el formato documental. A pesar de que el filme no busque hacer creer a la audiencia que todo lo que se ve en pantalla es real, la aparición de personajes como una niñera afro y un anciano que envía faxes se siente forzada y con el único fin de intentar darle forma a la historia.

La necesidad de tener una nueva entrega de este cómico personaje se da porque el contexto sociopolítico estadounidense del 2006 es diferente al del 2020. En estos tiempos, las teorías de conspiración, las noticias falsas, el feminismo y los grupos radicales han tomado importancia y, por tanto, las actitudes de las personas han cambiado frente a los temas de interés público. Además, probablemente la emergencia sanitaria causada por el Covid-19 le cayó como una bendición a la producción, ya que esta problemática mundial se ha prestado como excusa para reforzar las temáticas ya mencionadas.

Aunque la tendencia de las críticas que muestra esta obra esté sesgada políticamente, las problemáticas que se muestran son reales y la mordacidad del mensaje está más que justificada. Tocar temas tan sensibles como el abuso infantil y la violencia sexual hace que el espectador no sólo pase un rato de risas culposas, sino que sienta un nudo en la garganta que le hace pensar en la gravedad del asunto.

Borat, siguiente película documental es una película que la pueden disfrutar todos aquellos que no sientan culpa al burlarse de temas controversiales, o que al menos no sean sensibles al humor negro. Sin embargo, aquellos que hayan visto la precuela sentirán tal vez una sensación de insatisfacción con esta nueva entrega al perder parte de esa espontaneidad con que este irreverente periodista machista, homófobo, antisemita y poco educado los había conquistado hace catorce años.

Calificación: 3,5 / 5

Ficha técnica

Título: Borat Subsequent Moviefilm: Delivery of Prodigious Bribe to American Regime for Make Benefit Once Glorious Nation of Kazakhstan

Fecha de publicación: 22 de octubre de 2020

Director: Jason Woliner

Producción: Sacha Baron Cohen y Anthony Hines

País: Estados Unidos

Género: Falso documental, documental paródico

Duración: 96 minutos